m.1.1. Prolegómenos
Inicio
estas investigaciones filosóficas con el problema del mundo exterior. Este
problema, por más extravagante que ello suene, consiste en saber si existe el
mundo exterior a “mí”, siendo el referente de “mí”, digamos, el sujeto que
formula el problema. Créase o no, a esta cuestión se le ha atribuido importancia,
aunque la medida de ésta ha variado con la perspectiva del filósofo, con la
escuela o tendencia a la que pertenezca. Así para algunos, en el extremo de la
atribución de poca importancia, el problema del mundo exterior tendrá a lo sumo
una importancia metafilosófica, pues ni siquiera lo considerarán un problema filosófico,
sino un pseudoproblema, una confusión mental (aunque, aun desde esta
perspectiva, tales “confusiones mentales” podrán conservar toda su importancia
para la psicología). Para otros, en cambio, el problema del mundo exterior podrá
ser considerado, incluso, el problema capital
de la filosofía. Por otra parte, entre los que le atribuyan legitimidad, habrá
quienes lo consideren un problema resoluble, por más que difícil, y otros que consideren
que nunca será resuelto, o al menos no en forma definitiva. Y algunos
considerarán que el problema es anacrónico, por haber sido superado o aun resuelto,
mientras que otros lo considerarán vigente. Desde ya que todas estas evaluaciones
no se excluyen necesariamente entre sí, y que sólo son algunas entre todas las
posibles. No obstante, creo que será común a todas ellas considerar que, si fuera legítimo, el problema sería realmente
básico. Por ser de esta opinión, verbigracia,
el joven Russell cuestionó a Leibniz por no haber probado la existencia del mundo
exterior antes de haber elaborado toda aquella metafísica especulativa.
Desde
hace más de una década tengo una respuesta para nuestro problema, y quisiera exponerla
en este capítulo inicial. La solución que se me ocurrió en aquel tiempo es en
realidad muy simple (aunque no tan simple, me parece, como la famosa “prueba” de
Moore). Su impacto en mí fue la sensación de alivio que solemos tener cuando,
conscientes de su existencia o sufriendo sus consecuencias, descubrimos un
error que hemos arrastrado largo tiempo. Por lo tanto, tal impacto poco tuvo
que ver con el sentimiento de haber descubierto algo realmente positivo. Porque
después de haberme debatido mucho tiempo con el problema, y por cierto que de
una forma penosa, un buen día advertí, de pronto, que se basaba en un simple
error lógico, que por alguna razón había resultado muy pertinaz. En vista de esta
simplicidad del error, ahora me veo obligado a decir que el problema del mundo
exterior es, en el ámbito de los llamados grandes problemas filosóficos, lo más
cercano —y acaso lo único cercano— a un pseudoproblema. Se basa en un error elemental,
y eso tal vez lo homologaría a un pseudoproblema. Sin embargo, como será
evidente a partir de mi solución, tal “pseudoproblema” se vincula estrechamente
con un verdadero problema, a saber:
¿en qué consiste, de qué está hecho el mundo exterior? Esto sí es importante;
ya no consiste en saber si el mundo exterior existe, sino en saber cómo es. ¿Es
un mundo material? ¿Es espiritual? ¿Acaso un cielo platónico? ¿O acaso una
combinación de todo esto?
Algunos
parecen haber igualado el problema del mundo exterior con la cuestión de si
existe la materia, pero esto es evidentemente incorrecto. Salvo que al mundo exterior
se lo defina ad hoc como materia, las
dos preguntas son diferentes. La materia podría no existir y, sin embargo, podría
existir “algo” exterior a mí (el “mundo” exterior). La diferencia también puede
expresarse así: la identificación de los dos problemas presupone que si existe
el mundo exterior, entonces es material; pero esto, al menos desde el punto de
vista metafísico, no es nada evidente y debe ser argumentado. A mi criterio, la
pregunta por si existe la materia cobra interés cuando, presuponiendo o
habiendo demostrado ya que el mundo exterior existe, queremos averiguar si en
este mundo hay materia. Luego, cobra interés cuando puede traducirse por: ¿es
el mundo exterior, al menos en parte, material? Pero esta es una pregunta por
cómo es el mundo exterior, y no una pregunta por si existe ese mundo. El
problema del mundo exterior, tal como lo planteamos aquí, tiene prelación
respecto del problema de qué compone a ese mundo.
Ahora
bien, si la respuesta a la pregunta por “si existe” será realmente elemental, enseguida
querrá pasarse a la pregunta de “cómo es”, empresa que no abordaremos en este capítulo.
Con todo, quiero manifestar que, pese a que el problema del mundo exterior
pueda tener bastante de pseudoproblema, no ocurre lo mismo, en metafísica, con
el problema de cómo es tal mundo. Porque el problema de cómo es el mundo
exterior se vincula, por lo menos, con el problema mente-cuerpo, con el
problema de las otras mentes, e incluso con el problema de los universales.
Para mí, ninguna de estas cuestiones constituye un pseudoproblema; muy por el
contrario, constituyen una parte fundamental de la metafísica, y la metafísica
no es un conjunto de pseudoproblemas. Por lo demás, el hecho de que la cuestión
de si existe el mundo exterior, al menos desde el enfoque que presentaremos, promueva
el abordaje de estos problemas clásicos, suaviza mucho su carácter “falso” o,
por lo menos, trivial.
Luego
de estos prolegómenos, paso a mi solución del problema.