jueves, 31 de enero de 2013

m.1. Prueba del mundo exterior


m.1.1. Prolegómenos

Inicio estas investigaciones filosóficas con el problema del mundo exterior. Este problema, por más extravagante que ello suene, consiste en saber si existe el mundo exterior a “mí”, siendo el referente de “mí”, digamos, el sujeto que formula el problema. Créase o no, a esta cuestión se le ha atribuido importancia, aunque la medida de ésta ha variado con la perspectiva del filósofo, con la escuela o tendencia a la que pertenezca. Así para algunos, en el extremo de la atribución de poca importancia, el problema del mundo exterior tendrá a lo sumo una importancia metafilosófica, pues ni siquiera lo considerarán un problema filosófico, sino un pseudoproblema, una confusión mental (aunque, aun desde esta perspectiva, tales “confusiones mentales” podrán conservar toda su importancia para la psicología). Para otros, en cambio, el problema del mundo exterior podrá ser considerado, incluso, el problema capital de la filosofía. Por otra parte, entre los que le atribuyan legitimidad, habrá quienes lo consideren un problema resoluble, por más que difícil, y otros que consideren que nunca será resuelto, o al menos no en forma definitiva. Y algunos considerarán que el problema es anacrónico, por haber sido superado o aun resuelto, mientras que otros lo considerarán vigente. Desde ya que todas estas evaluaciones no se excluyen necesariamente entre sí, y que sólo son algunas entre todas las posibles. No obstante, creo que será común a todas ellas considerar que, si fuera legítimo, el problema sería realmente básico. Por ser de esta opinión, verbigracia, el joven Russell cuestionó a Leibniz por no haber probado la existencia del mundo exterior antes de haber elaborado toda aquella metafísica especulativa.
Desde hace más de una década tengo una respuesta para nuestro problema, y quisiera exponerla en este capítulo inicial. La solución que se me ocurrió en aquel tiempo es en realidad muy simple (aunque no tan simple, me parece, como la famosa “prueba” de Moore). Su impacto en mí fue la sensación de alivio que solemos tener cuando, conscientes de su existencia o sufriendo sus consecuencias, descubrimos un error que hemos arrastrado largo tiempo. Por lo tanto, tal impacto poco tuvo que ver con el sentimiento de haber descubierto algo realmente positivo. Porque después de haberme debatido mucho tiempo con el problema, y por cierto que de una forma penosa, un buen día advertí, de pronto, que se basaba en un simple error lógico, que por alguna razón había resultado muy pertinaz. En vista de esta simplicidad del error, ahora me veo obligado a decir que el problema del mundo exterior es, en el ámbito de los llamados grandes problemas filosóficos, lo más cercano —y acaso lo único cercano— a un pseudoproblema. Se basa en un error elemental, y eso tal vez lo homologaría a un pseudoproblema. Sin embargo, como será evidente a partir de mi solución, tal “pseudoproblema” se vincula estrechamente con un verdadero problema, a saber: ¿en qué consiste, de qué está hecho el mundo exterior? Esto sí es importante; ya no consiste en saber si el mundo exterior existe, sino en saber cómo es. ¿Es un mundo material? ¿Es espiritual? ¿Acaso un cielo platónico? ¿O acaso una combinación de todo esto?
Algunos parecen haber igualado el problema del mundo exterior con la cuestión de si existe la materia, pero esto es evidentemente incorrecto. Salvo que al mundo exterior se lo defina ad hoc como materia, las dos preguntas son diferentes. La materia podría no existir y, sin embargo, podría existir “algo” exterior a mí (el “mundo” exterior). La diferencia también puede expresarse así: la identificación de los dos problemas presupone que si existe el mundo exterior, entonces es material; pero esto, al menos desde el punto de vista metafísico, no es nada evidente y debe ser argumentado. A mi criterio, la pregunta por si existe la materia cobra interés cuando, presuponiendo o habiendo demostrado ya que el mundo exterior existe, queremos averiguar si en este mundo hay materia. Luego, cobra interés cuando puede traducirse por: ¿es el mundo exterior, al menos en parte, material? Pero esta es una pregunta por cómo es el mundo exterior, y no una pregunta por si existe ese mundo. El problema del mundo exterior, tal como lo planteamos aquí, tiene prelación respecto del problema de qué compone a ese mundo.
Ahora bien, si la respuesta a la pregunta por “si existe” será realmente elemental, enseguida querrá pasarse a la pregunta de “cómo es”, empresa que no abordaremos en este capítulo. Con todo, quiero manifestar que, pese a que el problema del mundo exterior pueda tener bastante de pseudoproblema, no ocurre lo mismo, en metafísica, con el problema de cómo es tal mundo. Porque el problema de cómo es el mundo exterior se vincula, por lo menos, con el problema mente-cuerpo, con el problema de las otras mentes, e incluso con el problema de los universales. Para mí, ninguna de estas cuestiones constituye un pseudoproblema; muy por el contrario, constituyen una parte fundamental de la metafísica, y la metafísica no es un conjunto de pseudoproblemas. Por lo demás, el hecho de que la cuestión de si existe el mundo exterior, al menos desde el enfoque que presentaremos, promueva el abordaje de estos problemas clásicos, suaviza mucho su carácter “falso” o, por lo menos, trivial.
Luego de estos prolegómenos, paso a mi solución del problema.