(Escrito evolutivo)
m.2.1. Omisión del análisis
de la frontera del objeto. Existencia de la percepción y existencia del objeto
La
cuestión es si el cuerpo humano y sus estados no han de influir en la noción de
percepción para la primera alternativa (realismo ingenuo), y si no han de
introducir una especie de subjetivismo en la exterioridad del objeto. Un objeto
interpuesto pertenece al ambiente, mas no así los párpados que cierran el ojo,
ya que el ambiente —aquí— es exterior al objeto y al sujeto, o es más bien un
entorno del objeto que no incluye al sujeto. Dijimos que la percepción es el
conjunto de las propiedades del objeto en relación a mí, o sea las propiedades
internas más las relaciones externas (entre estas últimas figuran las
propiedades espaciotemporales del objeto y las relaciones con el ambiente, como
la relación con una hipotética niebla circundante). Las propiedades internas
están en el objeto, pero las
relaciones externas son del objeto,
objeto que tiene la propiedad de estar arriba o estar en la niebla, lo que
parece sugerir que éstas son relaciones externas: el objeto está arriba de mí,
el objeto está en medio de la niebla: ambos casos parecen determinar una
relación del objeto con objetos externos a él: mi cuerpo, la niebla. Las
relaciones externas no están en el objeto, sino que sería más bien lo
contrario, en todo caso. Pero lo que importa para ver que existe el exterior no
es ver que las relaciones externas están fuera, sino que lo está el objeto, el
cual parece ser agotado, en el realismo ingenuo, por sus propiedades internas,
que no deberían ser meramente cualitativas, porque también pueden existir
relaciones internas entre las cualidades interiores, pero esto no es
imprescindible para nuestra consideración.
De
todas formas, debe hallarse qué decir, por ejemplo, sobre la iluminación del
objeto, o su temperatura, o incluso la presión a la que está sometido. La
iluminación, por lo general, se refleja o difunde en él, por lo que está en su
límite, aunque también puede traspasarlo, si es translúcido, como ocurre también
con el calor, y acaso con la presión, pero ésta es la más alejada del realismo
ingenuo, salvo por contacto sensorial directo, lo que nos llevaría nuevamente
al límite (frontera del objeto). Pero lo mismo puede decirse tal vez de la
temperatura, porque la mano siempre toca la superficie delimitante, la
frontera, por más que se introduzca en el objeto, si es penetrable o líquido.
Con todo, no está claro que la ocurrencia en el límite —si es así para la
influencia del entorno— sea algo que complique necesariamente, en fin de
cuentas, la exterioridad del objeto. Porque, una vez más, si las propiedades
internas son las que están en el objeto, y sólo ellas, y si no se necesita otra
cosa para establecer la exterioridad, entonces carecerá de importancia que las
relaciones con el ambiente estén o no en el objeto, o en su periferia o en el
conjunto de la percepción. El objeto puede fundirse con el entorno, pero ese ya
no es un objeto representativo aquí, o complica las cosas gratuitamente, porque
sólo hay que probar que existe uno, y para ello elegimos un objeto ordinario y
sólido; en éste, las propiedades internas, cualitativas o relacionales, están
bien delimitadas. Y no es necesario aquí hacer un análisis de la frontera del
objeto, decidiendo si ella pertenece o no a éste, o es una “abstracción”, por
ejemplo. Lo que importa es que las propiedades internas están en el objeto, y
que son exteriores, porque el objeto es exterior, porque así aparece, y que por
lo tanto hay percepciones en el objeto, a saber, las percepciones de sus
propiedades internas.
Con
esto podríamos establecer que todo se reduce a deducir que las percepciones
“internas” están en el objeto, internas al objeto. Y aquí hay un juego de
palabras, que denota la contradicción de este enfoque, su detracción de la
percepción como algo interior al sujeto. Con todo, podría querer decirse que,
al menos en cierto modo, el hecho de que las percepciones —algunas de ellas—
estén en el objeto, no sería más que un corolario de la existencia del objeto
según el realismo ingenuo, ya que se deduciría la exterioridad de esa
percepción a partir de la del objeto. En efecto: existe la percepción, pero
está en el objeto, y el objeto es exterior, por lo que la percepción es
exterior: esto parece tener circularidad, o por lo menos no ser prueba de la
existencia del objeto, al menos así formulada. Dijimos que el objeto aparece
ante nosotros como exterior, y a esto se reduce toda la prueba de lo externo en
la primera alternativa. Percibimos el objeto como exterior, incluso podríamos
decir. La percepción está en el objeto, porque no hace falta dudar sobre esto
en base a ninguna filosofía o ciencia, porque estamos en la epojé de éstas. Que
el objeto existe y es exterior se sigue de que lo percibimos como exterior.
Porque eso, en la primera alternativa, es todo lo básico que queremos decir con
que existe y está fuera. Pero, ¿se deduce que la percepción de la propiedad
interna está en el objeto a partir de que la percibimos en el objeto y como
exterior? Percibimos al objeto y el objeto está fuera: esto significa que el
objeto existe y está fuera. Que existe, porque lo percibimos, y que está fuera
porque lo percibimos como estando fuera. Que está fuera, podríamos decir,
porque nuestra percepción está fuera. Luego, no habría prelación alguna entre
la existencia de la percepción fuera y la existencia del objeto fuera, porque
ellas serían de alguna forma equivalentes. Las afirmaciones serían similares,
salvo por el hecho de que el objeto es más que una de sus percepciones
particulares, siendo acaso todas sus percepciones posibles, pero estando todas
ellas, en el nivel de la propiedad interna, en el objeto.
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