martes, 16 de abril de 2013

m.2. Explicitación del realismo ingenuo


(Escrito evolutivo)



m.2.1. Omisión del análisis de la frontera del objeto. Existencia de la percepción y existencia del objeto

La cuestión es si el cuerpo humano y sus estados no han de influir en la noción de percepción para la primera alternativa (realismo ingenuo), y si no han de introducir una especie de subjetivismo en la exterioridad del objeto. Un objeto interpuesto pertenece al ambiente, mas no así los párpados que cierran el ojo, ya que el ambiente —aquí— es exterior al objeto y al sujeto, o es más bien un entorno del objeto que no incluye al sujeto. Dijimos que la percepción es el conjunto de las propiedades del objeto en relación a mí, o sea las propiedades internas más las relaciones externas (entre estas últimas figuran las propiedades espaciotemporales del objeto y las relaciones con el ambiente, como la relación con una hipotética niebla circundante). Las propiedades internas están en el objeto, pero las relaciones externas son del objeto, objeto que tiene la propiedad de estar arriba o estar en la niebla, lo que parece sugerir que éstas son relaciones externas: el objeto está arriba de mí, el objeto está en medio de la niebla: ambos casos parecen determinar una relación del objeto con objetos externos a él: mi cuerpo, la niebla. Las relaciones externas no están en el objeto, sino que sería más bien lo contrario, en todo caso. Pero lo que importa para ver que existe el exterior no es ver que las relaciones externas están fuera, sino que lo está el objeto, el cual parece ser agotado, en el realismo ingenuo, por sus propiedades internas, que no deberían ser meramente cualitativas, porque también pueden existir relaciones internas entre las cualidades interiores, pero esto no es imprescindible para nuestra consideración.
De todas formas, debe hallarse qué decir, por ejemplo, sobre la iluminación del objeto, o su temperatura, o incluso la presión a la que está sometido. La iluminación, por lo general, se refleja o difunde en él, por lo que está en su límite, aunque también puede traspasarlo, si es translúcido, como ocurre también con el calor, y acaso con la presión, pero ésta es la más alejada del realismo ingenuo, salvo por contacto sensorial directo, lo que nos llevaría nuevamente al límite (frontera del objeto). Pero lo mismo puede decirse tal vez de la temperatura, porque la mano siempre toca la superficie delimitante, la frontera, por más que se introduzca en el objeto, si es penetrable o líquido. Con todo, no está claro que la ocurrencia en el límite —si es así para la influencia del entorno— sea algo que complique necesariamente, en fin de cuentas, la exterioridad del objeto. Porque, una vez más, si las propiedades internas son las que están en el objeto, y sólo ellas, y si no se necesita otra cosa para establecer la exterioridad, entonces carecerá de importancia que las relaciones con el ambiente estén o no en el objeto, o en su periferia o en el conjunto de la percepción. El objeto puede fundirse con el entorno, pero ese ya no es un objeto representativo aquí, o complica las cosas gratuitamente, porque sólo hay que probar que existe uno, y para ello elegimos un objeto ordinario y sólido; en éste, las propiedades internas, cualitativas o relacionales, están bien delimitadas. Y no es necesario aquí hacer un análisis de la frontera del objeto, decidiendo si ella pertenece o no a éste, o es una “abstracción”, por ejemplo. Lo que importa es que las propiedades internas están en el objeto, y que son exteriores, porque el objeto es exterior, porque así aparece, y que por lo tanto hay percepciones en el objeto, a saber, las percepciones de sus propiedades internas.
Con esto podríamos establecer que todo se reduce a deducir que las percepciones “internas” están en el objeto, internas al objeto. Y aquí hay un juego de palabras, que denota la contradicción de este enfoque, su detracción de la percepción como algo interior al sujeto. Con todo, podría querer decirse que, al menos en cierto modo, el hecho de que las percepciones —algunas de ellas— estén en el objeto, no sería más que un corolario de la existencia del objeto según el realismo ingenuo, ya que se deduciría la exterioridad de esa percepción a partir de la del objeto. En efecto: existe la percepción, pero está en el objeto, y el objeto es exterior, por lo que la percepción es exterior: esto parece tener circularidad, o por lo menos no ser prueba de la existencia del objeto, al menos así formulada. Dijimos que el objeto aparece ante nosotros como exterior, y a esto se reduce toda la prueba de lo externo en la primera alternativa. Percibimos el objeto como exterior, incluso podríamos decir. La percepción está en el objeto, porque no hace falta dudar sobre esto en base a ninguna filosofía o ciencia, porque estamos en la epojé de éstas. Que el objeto existe y es exterior se sigue de que lo percibimos como exterior. Porque eso, en la primera alternativa, es todo lo básico que queremos decir con que existe y está fuera. Pero, ¿se deduce que la percepción de la propiedad interna está en el objeto a partir de que la percibimos en el objeto y como exterior? Percibimos al objeto y el objeto está fuera: esto significa que el objeto existe y está fuera. Que existe, porque lo percibimos, y que está fuera porque lo percibimos como estando fuera. Que está fuera, podríamos decir, porque nuestra percepción está fuera. Luego, no habría prelación alguna entre la existencia de la percepción fuera y la existencia del objeto fuera, porque ellas serían de alguna forma equivalentes. Las afirmaciones serían similares, salvo por el hecho de que el objeto es más que una de sus percepciones particulares, siendo acaso todas sus percepciones posibles, pero estando todas ellas, en el nivel de la propiedad interna, en el objeto.


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