Sólo
las propiedades internas están en el objeto, y ellas, presumiblemente,
constituirían la percepción, porque la percepción vendría dada por esas
propiedades en relación al sujeto; sin embargo, esto complica la idea de que la
percepción es “la perspectiva desde la que veo el objeto”; pues en efecto, en
esta idea original ni siquiera intervenían las propiedades cualitativas. Lo que
está por verse es qué tiene de relativo la propiedad interna, cómo es que ella
es en relación a mí para ser mi percepción. Por otro lado, ya dijimos que las
relaciones externas del objeto comportan propiedades del objeto, por más que no
en el objeto: es el objeto el que
está arriba, el estar arriba es una propiedad del objeto. De este modo, había
intentado la idea según la cual la percepción es la unión entre propiedades
internas en el objeto y propiedades externas del objeto. Entre las últimas, figurarían las propiedades en
relación al entorno que no me incluye y las propiedades en relación a mí. ¿Son todas
las relaciones con un ente exterior propiedades espaciotemporales? Que el
objeto esté arriba mío es una propiedad externa en relación a mí y es
espaciotemporal; pero, que el objeto esté en la niebla, ¿es también
espaciotemporal? Podríamos decir que sí, porque sólo indica que el objeto está
“junto” a la niebla. De esta forma podríamos pretender que todas las relaciones
con el entorno son propiedades espaciotemporales, al igual que las relaciones
con mi persona. Si este es el caso, todas las relaciones externas serían
espaciotemporales, y la única diferencia, en cuanto a un objeto distal, vendría
dada por lo siguiente: las propiedades externo-ambientales serían en relación
al entorno, y las “espaciotemporales” (así consideradas originariamente) serían
en relación a mí. Luego, no toda percepción sería en relación a mí, si también
ha de ser en relación al entorno, por lo cual la noción de percepción debe ser
redefinida.
En
cualquier caso, mi percepción debe
ser en relación a mí, y esto es lo único que contará aquí en relación a la
percepción, es decir, que sea en relación a un percipiente o sujeto. Por otra
parte, el hecho de que sólo la propiedad interna esté en el objeto recuerda lo
anterior: que sólo la propiedad externa en relación a mí podría conformar la
percepción. El estar arriba mío es una propiedad del objeto (externa) en
relación a mí, mientras que no ocurre, o al menos no directamente, que el estar
en la niebla sea una propiedad externa en relación a mí, sino en relación a la
niebla, que puede o no estar en una relación significativa conmigo. En relación
a mí, el objeto puede tener determinadas propiedades espaciotemporales (cuando
lo percibo), y se diría que ciertas propiedades cualitativas, las cuales pueden
estar intensamente alteradas por el entorno, como una niebla espesa. Pero en
cuanto a lo cualitativo, uno debe decidir si el rojo del objeto, verbigracia,
debe ser considerado único o modificado por el ambiente, o incluso por mí
mismo, por el estado de mis órganos perceptivos, o aún de mi cerebro. Porque,
“en relación a mí” no sólo significa, a primera vista, en relación a “la
superficie de mi cuerpo”, sino que también puede significar en relación al
interior de mi cuerpo; en relación a mi condición de daltónico, por ejemplo, o
incluso a la eventualidad de que tenga yo los ojos cerrados. Como vemos, esto
nos sumerge en ciertas complicaciones.
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