Debemos
examinar la cuestión de lo abstracto, ver en qué sentido el presente puede
serlo. Ya hemos dicho que no puede serlo como ficción (según se le atribuye
este término, algunas veces, a los conceptos) ni como realidad trascendente y
fundante, dado que el presente está por lo menos en nosotros y, por ende, está
en el mundo, porque nosotros estamos en éste. Pero además, en la trascendencia
platónica hay una inmutabilidad que desearíamos evitar en el caso del presente,
sobre todo a la luz de que éste “cambia constantemente”. Sin embargo, con la
pregunta sobre el cambio del presente hemos comenzado este capítulo.
Según
la definición usual, lo abstracto es aquello que prescinde del “sujeto”, es
algo ajeno a todo caso particular, y justamente esto es lo que le hemos
atribuido al presente. El presente no es ningún estado particular de mi vida. Lo
abstracto también puede interpretarse como lo común a muchas cosas, y por eso, al decir que el presente “es”
todos mis instantes, podemos entender la identificación como afirmando un
elemento común a todos los momentos concretos. No obstante, esto involucraría
la idea de una propiedad que compartirían todos esos momentos, todas esas horas
y fechas específicas. El presente sería esa propiedad que todos los instantes tendrían
además de todas sus respectivas propiedades específicas.
El
presente no puede ser una ficción cuya existencia fingimos, porque es lo
primero para nosotros y, desde cierta perspectiva razonable, aquello de lo que
menos tenemos razones para dudar. Así Russell decía que Descartes debía haber
ido un paso más allá, y contentarse con establecer que sólo su estado presente
era indudable, mientras que su yo, la entidad que se encontraba en ese estado,
podía cuestionarse en aras de lo indubitable. Pero a mi juicio, en esta
crítica, Russell se equivocaba al considerar que el presente era precisamente ese estado, el que estaba a punto de
cambiar (constantemente).
El
presente tampoco puede ser una realidad “de otro mundo” (trascendente), porque
si está en el alma —y por lo menos está
en el alma—, no hay razón para pensar que no sea inmanente al mundo, ya que
nuestra alma se considera aquí como parte del mundo. La réplica a esto, la que
sostendría que nuestra alma no está en el mundo, ni siquiera es sostenida por
los dualistas religiosos —o al menos cierta clase de ellos—, porque ellos
consideran que el alma está con el cuerpo mientras el cuerpo funciona, y este
es el único caso que consideramos ahora.
Podríamos
sugerir que hay dos modos de interpretar al presente: o como propiedad de todos
los instantes particulares, o como “ventana” por la que fluye el tiempo. El
primer sentido parece el más afín a la abstracción, porque se refiere a la
propiedad común, a lo que se dice de muchos. Es, además, algo afín a mi idea
temprana, según la cual el presente es la realidad del instante, en el sentido
siguiente: cada instante particular, sea del pasado o del futuro, adquiere su
realidad del hecho de ser “alguna vez” presente. Desde una postura ingenua,
sólo el “instante presente” puede parecernos real, porque el instante pasado
“ya no es” y el instante futuro “todavía no es”. Ahora bien, más allá de la
insuficiencia teórica de esta idea, parece claro que en ella radica la
asociación entre presente y realidad. Si todo instante es “real” en cierto
sentido, ello se debería a que todo instante participa de la idea del presente (de la propiedad de ser
presente). Pero, puesto en estos términos platónicos, la discusión nos
apartaría de la noción inmanente, íntima y viva
del presente, tal como la que requerimos. Ahora consideraremos la otra
alternativa —no descartando que pueda haber más—: el presente es la “ventana”
por la que fluye el tiempo.
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