Representaremos
ahora al presente, alternativamente, con la imagen de una ventana o de un
cilindro. Se trata de una entidad, una “ventana” o un “cilindro”, a través de la
cual se mueve el eje del tiempo. Podemos imaginar que el eje atraviesa la
ventana perpendicularmente y por su centro, o, en la otra imagen, que coincide
con el eje del cilindro y se mueve sobre él. La ventana, en vista de su escaso
o nulo espesor, nos daría una imagen del presente más “instantánea”, mientras que
el cilindro representaría al presente “especioso”. Volviendo al movimiento,
debe tenerse en cuenta que es, por lo menos a primera vista, relativo. Esto
significa que el eje se mueve a través del cilindro, digamos, o que el cilindro
viaja a lo largo del eje —ello dependería de dónde se pusiese el sistema de
referencia—. Es evidente que la imagen popular según la cual el tiempo “fluye” o
“pasa” corresponde a la imagen del eje del tiempo atravesando el cilindro
justamente por el eje de éste, a ritmo regular. El cilindro, claro está,
representa al presente; una ventana también puede representarlo, considérese o
no que su marco tiene espesor (si no lo tiene, el presente sería absolutamente
“instantáneo”). Así, la idea del tiempo que fluye o pasa se corresponde con el
escenario de un presente inmóvil a través del cual se desliza el tiempo. Por lo
demás, la idea de representar al tiempo con un eje proviene de una física
rudimentaria, incluso folk. Ahora bien, ¿qué relación tendría este presente con
nosotros mismos? ¿Estaría fuera o dentro de nosotros?
Ya hemos dicho
que, por más que el presente pueda tener una versión objetiva, por lo menos ha
de tener una versión subjetiva. El presente es un dato de nuestra conciencia;
no un “dato sensorial”, ciertamente, pero sí algo constantemente —valga la
redundancia— presente en nuestra
conciencia. Pero iremos un poco más allá y sostendremos que el presente forma
parte constitutiva de la conciencia. Intentaremos ver los resultados a que
puede llevarnos esta hipótesis. Y si el presente está en el alma —dejando aparte el problema del
dualismo—, si la compone, la idea de que el tiempo fluye se traduciría en la
imagen de un eje del tiempo pasando a través del alma. El cilindro o la ventana
no sólo representarían al presente, sino también al alma, o más bien sólo al
alma, ya que el alma es, en la tradición filosófica, algo más sustancial que el
presente, y la ventana y el cilindro nos remiten a sustancias antes que a
entelequias.
Llegamos así a
una imagen curiosa: el tiempo nos atraviesa, como una lanza infinita en
perpetuo movimiento. Nosotros estaríamos fijos, inmóviles; sería el tiempo el
que estaría en movimiento; y como el presente está en nosotros, el presente
estaría inmóvil. El presente podría ser inmutable. El presente podría no
transcurrir nunca. En la otra alternativa, a partir de la relatividad
(¿galileana?) del movimiento en cuestión, el tiempo sería lo inmóvil, y nuestra
conciencia-presente viajaría sobre sus vías a cierto ritmo. Esta imagen también
se corresponde con nuestro sentir común, según el cual nos parece que vamos
hacia adelante en el tiempo. Pero antes de decidir si este movimiento del presente
es, como parece, relativo, o no lo es —en cuyo caso habría un sistema de
referencia absoluto, análogo al que consideramos al hablar de una percepción “entera”
y de la ubicación de nuestro yo en ella—, antes de decidir esto debemos
interrogarnos sobre algo que probablemente el lector ya se haya preguntado: sea
que el eje del tiempo se mueve, o sea que lo hace la ventana del alma, ¿con
respecto a qué temporalidad debe entenderse este movimiento? La física más
elemental nos enseña que el movimiento involucra velocidad, y que la velocidad
se define en términos de espacio recorrido y tiempo empleado para recorrerlo.
Pero si estamos hablando de que, por ejemplo, es el tiempo mismo el que se mueve, ¿respecto de qué tiempo lo
hará?
No hace falta
precisar ahora qué naturaleza ha de tener el “espacio” involucrado en esta
noción de velocidad. Si representamos al eje del tiempo como una semirrecta,
simplemente podemos decir que el “espacio” recorrido por el eje del tiempo es el
segmento de esa semirrecta que pasa por la “ventana” en el “tiempo” de que se
trate. Ahora bien, toda la cuestión pasa por saber qué extraordinaria clase de tiempo podría estar en el denominador
de esta velocidad, qué remoto “tiempo” podría emplear el eje del tiempo para
desplazarse esa longitud. Hasta donde lo comprendo en la actualidad, para mí
resulta absurdo considerar que ese “tiempo” empleado por el tiempo para moverse
sea realmente una parte ordinaria de este último tiempo. Y si esto es realmente
absurdo, tal vez encierre un considerable misterio.
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