Respecto de
este tiempo inédito —el que emplea el tiempo normal en atravesar nuestra
conciencia— es fácil hacer especulaciones, como la más inmediata: Que hay una
celeridad, un ritmo del presente, dado por el cociente entre un determinado
lapso de tiempo objetivo y el lapso del “nuevo tiempo” transcurrido para que el
primer lapso “pase” a través de nuestra conciencia. En base a este “modelo”, el
tiempo pasa literalmente, de modo análogo a como un objeto pasa por su
trayectoria en el espacio. Y así como la velocidad de un móvil es espacio sobre
tiempo, la “velocidad del tiempo” —o la velocidad de nuestra
conciencia-presente (según qué sistema de referencia se adopte)— vendría dada
por el lapso de tiempo “físico” dividido por el lapso de nuevo tiempo. En mis
especulaciones ficcionales, he denominado “hipertiempo” a este segundo tiempo (aunque
el concepto de este hipertiempo es allí mucho más amplio) y, de acuerdo con
ello, la “velocidad del presente” —o la “velocidad del tiempo”, si el sistema
de referencia está puesto en la conciencia presente— sería tiempo sobre hipertiempo.
Tenemos, pues,
dos elementos: el presente y el eje del tiempo. Suponemos que el presente está
en la conciencia (puesto que, prima facie, no pertenece a la materia, no siendo
variable física alguna), y representamos al tiempo como el eje que se utiliza
en cualquier curso inicial de física. Decimos que, en principio, resulta
elegible quién de los dos es el que se mueve en el hipertiempo, si el eje T (atravesando
nuestra conciencia) o nuestra conciencia (moviéndose hacia “adelante” en el eje
T). Al decir que el tiempo “pasa”, parecemos dar a entender que nosotros
estamos quietos y el tiempo nos atraviesa; pero también a veces hablamos como
si nosotros fuésemos los que viajamos hacia el futuro, estando aquí fijo el eje
T. No decidiremos ahora si esta relatividad del movimiento es real o sólo
aparente. Lo que sí nos interesa es tener bien en claro cuál es el tiempo del
que hablamos aquí, el que nos atraviesa o sobre el que nos movemos, y su
relación con la objetividad.
Como en física
elemental, representamos al tiempo
objetivo como una recta numérica: el eje geométrico T. Éste sería el tiempo de
la física, o por lo menos de la física clásica. Es un tiempo cuyos instantes
están completamente determinados, en el sentido de que cada uno de ellos ha de
corresponderse con un número (previa elección de un origen de coordenadas).
Cada uno de estos puntos es un instante clásico, y es anterior y posterior a
otros instantes, según la relación de orden de los números reales. Ahora bien,
esto es lo que precisamente no ocurre con el “instante presente”, cuyo valor
numérico no existe, y de quien, hasta donde puedo ver, no podría decirse que
fuera anterior o posterior a ningún instante del tiempo objetivo. El presente,
más bien, sería un punto móvil sobre ese eje T del tiempo… Pero desde ya que
esta idea introduce dificultades y deberá ser criticada con extremo cuidado.