miércoles, 22 de mayo de 2013

m.2.13. La percepción entera representa al mundo como la apariencia del objeto representa a éste


El hecho de la aparición del objeto ante el sujeto debe ser considerado, en el marco del realismo ingenuo, como algo primitivo. No hay nada “mágico” es esta “aparición”, pues el objeto se erige directamente ante nosotros, como estando, y realmente estando, allí fuera. Su exterioridad es un hecho primitivo, algo con lo que nos enfrentamos desde niños. El pensamiento que intenta considerar todo eso como interior es sólo postrero en la civilización. Con todo, quizá se insista en que nos enfrentamos siempre a una apariencia del objeto, y no al objeto mismo, por más que esa apariencia sea exterior, objetiva. Pero ya hemos dicho que hay en nosotros una metafísica encarnada que completa al objeto, que nos hace actuar ante la apariencia como un signo de todas las posibles. El objeto, para esta metafísica primigenia, es la suma de todas las percepciones posibles del objeto desde todos los puntos de vista y en todos los momentos de su existencia. Es pues, algo ontológicamente muy “denso”. El sujeto primigenio señala al objeto y dice eso es el objeto, y el hecho de que señale (ostensivamente) una de sus apariencias no impide este hecho; no impide que el objeto sea realmente eso que aparece. En cada apariencia del objeto, podríamos decir, está representado el objeto mismo. Repetimos estas ideas con el fin de fijarlas y, acaso, encontrar posibles fisuras en sus características principales.
Tal vez podríamos buscar nuevamente una falla en la atribución que nos hacemos de la percepción; vemos el objeto y decimos: esta percepción es mía. Esto todavía podría querer significar que, en el marco de la metafísica ingenua, la apariencia del objeto nos pertenece, porque forma parte de nuestra percepción. Pero, en primer lugar, esa opinión debe ser rechazada de plano en este marco, dado que la apariencia no aparece en nosotros, sino en el mundo externo. Otra cosa ocurre con la apariencia de mi brazo, mi percepción restringida del mismo, porque, desde el actual análisis objetivista, tal apariencia está en mí, porque está en mi cuerpo. De este modo, la idea señalada en el parágrafo anterior, según la cual sólo la percepción restringida de mi yo es la que está en mí, parece la más razonable a la hora de aplicar los posesivos a las percepciones enteras. Éstas deben ser multi-sensoriales, de modo que una sub-percepción vendría dada, verbigracia, por toda una percepción visual, que solamente es mía en la parte de ella en que aparece mi persona. De este modo, en la medida en que una percepción incluiría al exterior, estaría seccionada, y no sería de ningún modo subjetiva en lo que se refiere a su integridad. Tendría un componente subjetivo, dado por mi apariencia ante mí, y otro objetivo, dado por la apariencia del objeto y de su entorno (que por definición no me incluye). En fin de cuentas, para esta doctrina la percepción entera no está ni en el objeto ni en mí, sino que es, por así decirlo, una percepción del mundo. No del mundo entero, desde ya, sino de una de sus percepciones posibles, del mismo modo que la percepción restringida del objeto es una de todas sus apariencias posibles. La percepción, así, sin más y entera, sería algo trascendente al sujeto y al objeto, sería una parte del mundo, parte que a su vez incluye una parte de mí y una parte del objeto.
¿Cómo podría cuestionarse esto? Pues bien, alguien podría sugerir que, al ser la apariencia del objeto algo que está determinado en relación a mí, en algún modo me pertenece, y si me pertenece está en mí, y si está en mí el mundo exterior no existe. Ahora bien, concedamos que la apariencia del objeto a la que accedo en un momento está “determinada” por las condiciones de mi presencia ante él, tales como mi ubicación relativa respecto del objeto. Pero, desde el marco analizado, esto sólo debería significar que mi posición espacial relativa al objeto “elige” la apariencia del objeto que se presenta ante mí. Puesto en términos objetivos, todo esto no puede significar otra cosa que, en el mundo de la percepción hay leyes de correspondencia entre mi persona y el objeto, de suerte que a determinadas apariencias de mí mismo corresponden determinadas apariencias del objeto. De este modo, la apariencia del objeto a la que accedo cuando estoy en determinadas condiciones, no es mía, en el sentido de que no está en mí, por más que guarde cierta relación conmigo, una especie de biyección entre apariencias. Hablaríamos aquí, entonces, de una legalidad de la percepción (entera), que vincula apariencias del sujeto con apariencias del objeto. Como máximo, la percepción del objeto puede ser “mía” en el sentido de que yo soy el que guarda una relación con esa apariencia, pero incluso esto es un abuso del lenguaje lógico, ya que las relaciones no son parte de los relacionados; no están en ellos, como la apariencia del objeto no está en mí. Antes sería más bien lo contrario, es decir, que mi apariencia de mí y la apariencia del objeto están en la relación entre ambos.


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