El
hecho de la aparición del objeto ante el sujeto debe ser considerado, en el
marco del realismo ingenuo, como algo primitivo. No hay nada “mágico” es esta “aparición”,
pues el objeto se erige directamente ante nosotros, como estando, y realmente
estando, allí fuera. Su exterioridad es un hecho primitivo, algo con lo que nos
enfrentamos desde niños. El pensamiento que intenta considerar todo eso como
interior es sólo postrero en la civilización. Con todo, quizá se insista en que
nos enfrentamos siempre a una apariencia del objeto, y no al objeto mismo, por
más que esa apariencia sea exterior, objetiva. Pero ya hemos dicho que hay en
nosotros una metafísica encarnada que completa al objeto, que nos hace actuar
ante la apariencia como un signo de todas las posibles. El objeto, para esta
metafísica primigenia, es la suma de todas las percepciones posibles del objeto
desde todos los puntos de vista y en todos los momentos de su existencia. Es
pues, algo ontológicamente muy “denso”. El sujeto primigenio señala al objeto y
dice eso es el objeto, y el hecho de
que señale (ostensivamente) una de
sus apariencias no impide este hecho; no impide que el objeto sea realmente eso
que aparece. En cada apariencia del objeto, podríamos decir, está representado
el objeto mismo. Repetimos estas ideas con el fin de fijarlas y, acaso,
encontrar posibles fisuras en sus características principales.
Tal
vez podríamos buscar nuevamente una falla en la atribución que nos hacemos de
la percepción; vemos el objeto y decimos: esta percepción es mía. Esto todavía
podría querer significar que, en el marco de la metafísica ingenua, la
apariencia del objeto nos pertenece, porque forma parte de nuestra percepción.
Pero, en primer lugar, esa opinión debe ser rechazada de plano en este marco,
dado que la apariencia no aparece en nosotros, sino en el mundo externo. Otra
cosa ocurre con la apariencia de mi brazo, mi percepción restringida del mismo,
porque, desde el actual análisis objetivista, tal apariencia está en mí, porque
está en mi cuerpo. De este modo, la idea señalada en el parágrafo anterior,
según la cual sólo la percepción restringida de mi yo es la que está en mí,
parece la más razonable a la hora de aplicar los posesivos a las percepciones
enteras. Éstas deben ser multi-sensoriales, de modo que una sub-percepción
vendría dada, verbigracia, por toda una percepción visual, que solamente es mía
en la parte de ella en que aparece mi persona. De este modo, en la medida en
que una percepción incluiría al exterior, estaría seccionada, y no sería de
ningún modo subjetiva en lo que se refiere a su integridad. Tendría un
componente subjetivo, dado por mi apariencia ante mí, y otro objetivo, dado por
la apariencia del objeto y de su entorno (que por definición no me incluye). En
fin de cuentas, para esta doctrina la percepción entera no está ni en el objeto ni en mí, sino que es, por así
decirlo, una percepción del mundo. No del mundo entero, desde ya, sino de una
de sus percepciones posibles, del mismo modo que la percepción restringida del
objeto es una de todas sus apariencias posibles. La percepción, así, sin más y
entera, sería algo trascendente al sujeto y al objeto, sería una parte del
mundo, parte que a su vez incluye una parte de mí y una parte del objeto.
¿Cómo
podría cuestionarse esto? Pues bien, alguien podría sugerir que, al ser la
apariencia del objeto algo que está determinado en relación a mí, en algún modo
me pertenece, y si me pertenece está en mí, y si está en mí el mundo exterior
no existe. Ahora bien, concedamos que la apariencia del objeto a la que accedo
en un momento está “determinada” por las condiciones de mi presencia ante él,
tales como mi ubicación relativa respecto del objeto. Pero, desde el marco
analizado, esto sólo debería significar que mi posición espacial relativa al
objeto “elige” la apariencia del objeto que se presenta ante mí. Puesto en
términos objetivos, todo esto no puede significar otra cosa que, en el mundo de
la percepción hay leyes de correspondencia entre mi persona y el objeto, de
suerte que a determinadas apariencias de mí mismo corresponden determinadas
apariencias del objeto. De este modo, la apariencia del objeto a la que accedo
cuando estoy en determinadas condiciones, no es mía, en el sentido de que no
está en mí, por más que guarde cierta relación conmigo, una especie de
biyección entre apariencias. Hablaríamos aquí, entonces, de una legalidad de la
percepción (entera), que vincula apariencias del sujeto con apariencias del
objeto. Como máximo, la percepción del objeto puede ser “mía” en el sentido de
que yo soy el que guarda una relación con esa apariencia, pero incluso esto es
un abuso del lenguaje lógico, ya que las relaciones no son parte de los
relacionados; no están en ellos, como la apariencia del objeto no está en mí.
Antes sería más bien lo contrario, es decir, que mi apariencia de mí y la
apariencia del objeto están en la relación entre ambos.
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