Debemos
examinar el papel de la perspectiva en todo lo referente a mi percepción del
objeto. En una percepción entera del
objeto, puedo distinguir al objeto (que está fuera), al entorno de éste y a mí
mismo. Por otra parte, podemos considerar que una “apariencia” del objeto desde
un “punto de vista”, está determinada por: “el objeto en sí”, el punto de
vista, y ciertas relaciones espaciotemporales del objeto con ese punto de
vista. Ahora bien, debe resultar claro que, para el realismo ingenuo, el punto
de vista está en el sujeto, mientras que la “apariencia” está en el objeto. De
hecho, considerar a la apariencia como algo objetivo se ve facilitado al
percatarse de que la apariencia es una apariencia del objeto. “Apariencia” y “percepción” son palabras que tendemos a
asociar con la subjetividad, pero esto se debe a la evolución cultural, y en el
fondo no es algo originario.
Sabemos
que, dado un “objeto en sí” —es decir, en este caso, dada una descripción del
objeto sin referencia a ningún punto de vista—, dado un punto de vista, y dadas
ciertas relaciones espaciotemporales de ese “objeto en si” con ese punto de
vista, podemos obtener la apariencia del objeto, es decir, el aspecto que
presenta desde esa perspectiva. Sin embargo, es de suponer que, alterando el
orden de las deducciones, dados el punto de vista, la apariencia y las
relaciones espaciotemporales, podemos obtener “el objeto en sí”, que, en la
interpretación presente, no pasa de ser una descripción útil desde el punto de
vista práctico. Para el realismo ingenuo, no hay verdaderamente un objeto en sí
“más allá” de las percepciones del mismo, sino que el objeto es la suma de esas
percepciones, o apariencias, desde todos
los puntos de vista. (Desde cualquier
punto de vista, un sujeto ubicado en él diría “eso es el objeto”, refiriéndose
al objeto que percibe: con cada señalamiento —a lo largo de todo el espectro de
los puntos de vista— señala una “parte” del objeto, un elemento del conjunto
que comporta.) En lo tocante a la perspectiva, sugiero que se la identifique
con ciertas relaciones espaciotemporales, lo que resultará extraño por
incorporar la dimensión del tiempo. Pero ello, en este punto, debe tomarse como
accesorio, porque sólo en una instancia posterior abordaremos el tema temporal.
Contentémonos de momento, no obstante, con indicar que la dimensión del tiempo
podría ser útil para ubicar las perspectivas espaciales en el pasado, por
ejemplo, según las notamos en la memoria.
Precisemos
ahora la terminología en torno a la percepción, para entender que es lo que
exactamente queremos decir cuando hablamos de percepciones en el objeto. En
toda percepción ordinaria de un objeto exterior, considerada enteramente, hay
cierta percepción de nosotros mismos, del entorno y, sobre todo y naturalmente,
del objeto. Por esto, cuando hablamos de la percepción del objeto en el objeto, nos referimos a una parte
de la percepción completa, la parte que está en el objeto, a la que también
podemos llamar apariencia o aspecto de éste. Tal parte de la
percepción entera podría denominarse “percepción restringida” (no
necesariamente al objeto, sino también a su entorno o al sujeto, cuando se
trata de percepciones de éstos). Pero en el caso especial que nos interesa,
hablamos de la percepción restringida del objeto como perteneciente a la colección de percepciones restringidas posibles
que es el objeto mismo. Sin embargo,
sólo hablaremos de percepción entera y restringida cuando ello es necesario
para evitar equívocos, pues, por motivos de brevedad, normalmente diremos que
las percepciones del objeto, simplemente, están en él.
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