viernes, 10 de mayo de 2013

m.2.9. La metafísica folk encarnada es la contracción subjetiva de la mayor parte del objeto


Debemos ver que efectivamente “eso”, cuando se refiere al objeto, no involucra nada “interno”, en la alternativa de la epojé. “Eso” refiere al objeto en un momento, y el objeto es toda su “biografía”, pero no sólo real, o por de pronto no necesariamente real, sino también posible. “Eso” no se refiere a algo que, verbigracia, está debajo de su color, porque si penetro o rompo el objeto, hallo más colores, acaso distintos, pero siempre cualidades sensibles. El objeto es la suma de sus cualidades internas a lo largo de su tiempo de existencia, añadiendo también la estructura interna en que se disponen las mismas. Ahora bien, es necesario refundir esta interpretación con la idea de que la metafísica folk también constituye al objeto.
Tal metafísica establece la permanencia del objeto más allá de mi percepción, durante todo el tiempo en el que, más o menos arbitrariamente (y esto deberá ser tratado alguna vez), el objeto exista. Esto está garantizado, a la manera de Berkeley, al considerar que el objeto es la suma de sus percepciones, reales y posibles, a lo largo de su “vida”. Siempre todo en la alternativa de la epojé científico-metafísica. Porque la metafísica folk es, aquí, algo encarnado, o sea una realidad en sí, no explicitada por el realista ingenuo, sin tomada como tal, como real, puesto que opera en él. De todas formas, cabe preguntar si esa ley reside en el sujeto o en el objeto, cuestión de difícil adaptación, prima facie, a una explicitación de una filosofía ordinaria. Contentémonos de momento con decir que esa metafísica es real, que está encarnada, sin ocuparnos de su “lugar” de residencia. Esa metafísica legisla la existencia del objeto, de forma tal que la deduce tras la suspensión de toda percepción particular, del mismo modo que la ley física establece la posición de un planeta más allá de todo registro individual del mismo.
Pero dado por sentado que el objeto es la suma de todas sus percepción (de las que de él se tiene), y que tales percepciones están en el objeto (porque son elementos del conjunto que el comporta), no habrá mayor conflicto en amalgamarlo con la idea de que la metafísica folk también compone al objeto. Pues, en efecto, tal metafísica podría considerarse como una estructura interna del objeto en todo su tiempo y desde todas las perspectivas. Tal metafísica encarnada asegura que el objeto carece de huecos o hiatos, que todo el es completo, porque ella, en su versión teórica, deduce todas las percepciones posibles del objeto a partir de una percepción particular y fidedigna (no soñada, no ilusoria). Pero al manifestar esto, enseguida parecemos capacitados para establecer el lugar de residencia de tal metafísica encarnada, ya que comprendemos que ella es gratuita, por decirlo así, para el objeto en su completitud.
La metafísica folk encarnada está en el sujeto, inscripta en su biología cerebral (volveremos sobre la circularidad mencionada más arriba), y es lo que completa en el sujeto la permanencia y estabilidad del objeto. Es una regla de inferencia inductivo-instintiva, que actúa en nuestra vida. Y esto podía ser ya adivinado al haberla considerado “encarnada”, pues aquí está implícita la carne animal. Teorizada, tal metafísica es la regla de inferencia del objeto completo, como suma de todas las percepciones posibles (en las que, por brevedad, incluiremos las reales); pero este objeto, en el consecuente de la teoría, existe ya completo, y no debe ser inferido. La metafísica en cuestión es la realidad mental o psicológica que permite operar eficientemente con la realidad entera del objeto, como actualización de todas sus potencialidades, es decir, aquí, de sus percepciones posibles, internas a él, todas las que de él pueden tenerse.
En vista de todo esto, cabe preguntar cuál es la relación exacta entre el conjunto de todas las percepciones posibles del objeto (es decir, el objeto) y la regla de inferencia existencial encarnada en la mente del yo. Puesto en términos matemáticos, sugerimos que cada percepción del conjunto (cada elemento) es deducido por la regla de inferencia que resultaría de explicitar la metafísica encarnada. Cada elemento es la imagen de una relación entre cierto dominio y el objeto-conjunto. Y lo asombroso de todo esto es que tal conjunto puede completarse potencialmente con un dominio de escasas percepciones individuales del sujeto. El objeto es la imagen de esta relación, mientras que mis percepciones individuales del mismo conforman el exiguo dominio. Por eso, podemos decir que la idea según la cual la metafísica encarnada forma parte del objeto sólo significa que las percepciones individuales se unen a tal metafísica para dar el reverso subjetivo del objeto. En otras palabras, tal metafísica constituye al objeto sólo en cuanto éste aparece contraído en nosotros. Pero tal contracción sólo se refiere a la metafísica encarnada; no se refiere a la percepción particular del objeto, porque ésta, una vez más, desde la epojé científico-metafísica, está en el objeto.


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