Debemos
ver que efectivamente “eso”, cuando se refiere al objeto, no involucra nada
“interno”, en la alternativa de la epojé. “Eso” refiere al objeto en un
momento, y el objeto es toda su “biografía”, pero no sólo real, o por de pronto
no necesariamente real, sino también posible. “Eso” no se refiere a algo que,
verbigracia, está debajo de su color, porque si penetro o rompo el objeto,
hallo más colores, acaso distintos, pero siempre cualidades sensibles. El
objeto es la suma de sus cualidades internas a lo largo de su tiempo de
existencia, añadiendo también la estructura interna en que se disponen las
mismas. Ahora bien, es necesario refundir esta interpretación con la idea de
que la metafísica folk también constituye al objeto.
Tal
metafísica establece la permanencia del objeto más allá de mi percepción,
durante todo el tiempo en el que, más o menos arbitrariamente (y esto deberá
ser tratado alguna vez), el objeto exista. Esto está garantizado, a la manera
de Berkeley, al considerar que el objeto es la suma de sus percepciones, reales
y posibles, a lo largo de su “vida”. Siempre todo en la alternativa de la epojé
científico-metafísica. Porque la metafísica folk es, aquí, algo encarnado, o
sea una realidad en sí, no explicitada por el realista ingenuo, sin tomada como
tal, como real, puesto que opera en él. De todas formas, cabe preguntar si esa
ley reside en el sujeto o en el objeto, cuestión de difícil adaptación, prima
facie, a una explicitación de una filosofía ordinaria. Contentémonos de momento
con decir que esa metafísica es real, que está encarnada, sin ocuparnos de su
“lugar” de residencia. Esa metafísica legisla la existencia del objeto, de
forma tal que la deduce tras la suspensión de toda percepción particular, del
mismo modo que la ley física establece la posición de un planeta más allá de
todo registro individual del mismo.
Pero
dado por sentado que el objeto es la suma de todas sus percepción (de las que
de él se tiene), y que tales percepciones están en el objeto (porque son
elementos del conjunto que el comporta), no habrá mayor conflicto en
amalgamarlo con la idea de que la metafísica folk también compone al objeto.
Pues, en efecto, tal metafísica podría considerarse como una estructura interna
del objeto en todo su tiempo y desde todas las perspectivas. Tal metafísica
encarnada asegura que el objeto carece de huecos o hiatos, que todo el es
completo, porque ella, en su versión teórica, deduce todas las percepciones
posibles del objeto a partir de una percepción particular y fidedigna (no
soñada, no ilusoria). Pero al manifestar esto, enseguida parecemos capacitados
para establecer el lugar de residencia de tal metafísica encarnada, ya que
comprendemos que ella es gratuita, por decirlo así, para el objeto en su
completitud.
La
metafísica folk encarnada está en el sujeto, inscripta en su biología cerebral
(volveremos sobre la circularidad mencionada más arriba), y es lo que completa
en el sujeto la permanencia y estabilidad del objeto. Es una regla de
inferencia inductivo-instintiva, que actúa en nuestra vida. Y esto podía ser ya
adivinado al haberla considerado “encarnada”, pues aquí está implícita la carne
animal. Teorizada, tal metafísica es la regla de inferencia del objeto
completo, como suma de todas las percepciones posibles (en las que, por
brevedad, incluiremos las reales); pero este objeto, en el consecuente de la
teoría, existe ya completo, y no debe
ser inferido. La metafísica en cuestión es la realidad mental o psicológica que
permite operar eficientemente con la realidad entera del objeto, como
actualización de todas sus potencialidades, es decir, aquí, de sus percepciones
posibles, internas a él, todas las que de él pueden tenerse.
En
vista de todo esto, cabe preguntar cuál es la relación exacta entre el conjunto
de todas las percepciones posibles del objeto (es decir, el objeto) y la regla
de inferencia existencial encarnada en la mente del yo. Puesto en términos
matemáticos, sugerimos que cada percepción del conjunto (cada elemento) es
deducido por la regla de inferencia que resultaría de explicitar la metafísica
encarnada. Cada elemento es la imagen de una relación entre cierto dominio y el
objeto-conjunto. Y lo asombroso de todo esto es que tal conjunto puede
completarse potencialmente con un dominio de escasas percepciones individuales
del sujeto. El objeto es la imagen de esta relación, mientras que mis
percepciones individuales del mismo conforman el exiguo dominio. Por eso,
podemos decir que la idea según la cual la metafísica encarnada forma parte del
objeto sólo significa que las percepciones individuales se unen a tal
metafísica para dar el reverso subjetivo del objeto. En otras palabras, tal
metafísica constituye al objeto sólo en cuanto éste aparece contraído en nosotros. Pero tal
contracción sólo se refiere a la metafísica encarnada; no se refiere a la
percepción particular del objeto, porque ésta, una vez más, desde la epojé
científico-metafísica, está en el objeto.
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