Pero
antes que de una “física folk”, habría que hablar de una metafísica correspondiente, una legalidad de nuestra mente, de
hecho de nuestro cerebro. Nuestra metafísica tiene una base biológica,
entonces, lo que sonará extraño, y acaso circular. Pero el caso es que la
filosofía no puede demostrar científicamente, por lo que la explicación puede
tener sus vericuetos. Digamos que la física es la base, y que nuestros
presupuestos finales deben remitirse a ella, al menos en el plano del
comportamiento. Es científicamente comprobable que el animal creerá en la
estabilidad de la existencia de un objeto normal, que eso está inscripto en su
naturaleza. Tal creencia es de un sentido común que precede a la filosofía.
Pero, ¿pueden esos axiomas ser validos para la filosofía? Porque la física ya
presupone cierta persistencia de objetos, sobre todo macroscópicos; ya
presupone muchas cosas de la física folk, pero sobre todo de su metafísica. Con
todo, muchos discutirán esto remitiéndose a la física moderna.
Nuestra
digresión actual surge de la pregunta por si la metafísica de sentido común
puede ser extraída de la biología, que a su vez se extrae de una metafísica
comparable. Con todo, acaso podamos prescindir de elucidar esto si volvemos a
conscientizar nuestra epojé científica. Decimos que hay una ley en nosotros que
nos hace inferir implícitamente la existencia del objeto a partir de
percepciones individuales, y de un mundo más amplio que el de los objetos que
llegamos a percibir; ahora bien, esta ley no tiene por qué considerarse
biológica. Es, ante todo, un presupuesto del sentido común, o más bien una ley
que vemos actuar en nosotros efectivamente. Tal ley puede estar en la base de
la física; la física estará en la base de la biología; y acaso de la biología
pueda deducirse la misma metafísica originaria, la de la extrapolación, la de
la inducción, la de la inferencia del conjunto a partir de elementos finitos en
número. Esto involucraría una circularidad lógica, pero —he de declararlo— una
circularidad de este género está en mi pensamiento, y diría que en mi creencia
filosófica, desde hace mucho.
Dicho
esto, podemos tratar de ajustar las semejanzas entre la inferencia encarnada de
la percepción al objeto y la que va de los objetos al mundo. ¿Existe alguna
diferencia significativa? La percepción, en nuestra epojé, compondría tanto al
objeto como el objeto al mundo. Tanto el objeto como el mundo existirían en
todo un lapso continuo, finito o no; en todo “presente”. Las percepciones se suceden
para determinar el objeto, pero también las identificaciones de objetos se
suceden para determinar la existencia de un mundo amplio. La diferencia, sin
embargo, parecería radicar en que las percepciones no revelarían cómo es el
objeto realmente, pero ¿revelarían los objetos percibidos cómo es el mundo
realmente? Y sin embargo: ninguna percepción revelaría nada del objeto en sí,
diría el crítico, mientras que un objeto en sí, objetivo, sí nos diría algo del
mundo. Con todo, en nuestra epojé científica, y sobre todo en nuestra epojé
metafísico-explícita, no asumimos que haya una cosa en sí más allá de cómo se
nos aparece. El objeto, para el realista ingenuo, es eso que aparece, que a
veces es claro y a veces oscuro, que a veces es oblongo y a veces rectangular,
que a veces emana tales sonidos y a veces otros, dependiendo del objeto con el
que se lo percuta. El objeto no es nada más que eso que así varía en la vida
perceptiva. Todos esos “fenómenos” perteneces al objeto, y por ende el objeto
es la suma de sus percepciones, pero percepciones que están en el objeto, dada
la epojé científico-causal. Tal idea está encarnada en la metafísica del
realismo ingenuo, por más que no la explicite.
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