martes, 21 de mayo de 2013

m.2.12. Sobre en qué medida mis percepciones son mías. El punto de vista integrado como una abstracción práctica, incluso lingüística


Resta ver por qué esta percepción del objeto, digamos, es mía. En un primer momento pensé que ello se debía a que la perspectiva de la percepción era en relación a mí, o sea, a que el punto de vista de la apariencia estaba en mí, siendo su “plano del cuadro” una parte de mi percepto visual. Pero ya he dicho que el punto de vista, algo que se le asemeje en nuestra realidad interna, es de difícil identificación, además de que un empirismo radical lo negaría. Desde ya que he jugado siempre con la idea de una especie de vórtice o sumidero de la experiencia, una suerte de singularidad en la que colapsaba nuestra realidad sensible, al interior de nuestras personas. Pero quiero dejar de lado, a esta altura, ese hipotético límite de nuestra sensibilidad interna, que, de existir, jugaría realmente el papel de un punto matemático, análogo al punto de vista de la perspectiva cónica. Porque por lo pronto se podrá decir, cuando menos, que el punto de vista de nuestra percepción ha de estar en la parte de ésta que se refiere a nosotros mismos. Así, mi punto de vista está en lo que percibo de mí siempre que percibo algo, estando esto en el complemento de la percepción. Además, ese punto de vista no debería ser solamente, como ya hemos insinuado muchas veces, meramente espacial, sino también temporal; y no debería, desde ya, restringirse a la visión, sino a todos los sentidos y, por así llamarlos, sub-sentidos. Se abogaría, así, por una noción de perspectiva multi-sensorial, cuyo punto de vista, o al menos su borde inmediato, se extienda por el conjunto de nuestras percepciones de nosotros mismos. Raro sería el concepto de la “perspectiva táctil”, por ejemplo; acaso sería discontinuo, pero no creo que fuese de concepción imposible.
Si toda la percepción de nuestro yo, también presente en cada percepción entera, es o no un borde de una singularidad integrada para la multi-sensibilidad, es una cuestión que no pretendo elucidar ahora. Pero, en cualquier caso, debería ser el caso que, de existir tal punto de vista integrado, debería existir o bien en la percepción restringida de mí mismo, o bien en su punto de colapso idealizado. Con todo, esto se presentaría a objeciones. Podría ser difícil encontrar algo que sea mi punto de vista visual, por ejemplo, puesto que, por así decirlo, no percibo visualmente mis ojos. Pero una objeción aún mayor, en el marco de nuestra epojé, consiste en alegar la mera ficcionalidad práctica a la que nos hemos referido antes, señalándola en esa ocasión para el caso del “objeto en sí” desde el realismo ingenuo, pero ahora extrapolable al punto de vista mismo, en vista de haber dicho que para nuestra realidad empírica más rudimentaria sólo es dada la apariencia, mientras que el objeto en sí y el punto de vista podían concebirse, figuradamente, como su rompimiento y estallido en direcciones opuestas. Mi percepción visual, por ejemplo, es lo que está en lugar del “plano del cuadro” de la perspectiva, o sea, es el conjunto de todas las apariencias visuales simultáneas, y meramente eso es lo dado, mientras que mi punto de vista visual y el objeto en sí de la percepción consistirían, digamos, en esquirlas lanzadas en direcciones contrarias, tras una especie de desdoblamiento, no libre de cierta “violencia” teórica.
En vista de lo anterior, podríamos sugerir que el punto de vista integrado y único de nuestro ser fuera algo también abstraído del conjunto de todas nuestras percepciones enteras. Porque de la misma forma que el objeto en sí sería una abstracción proveniente del conjunto de todas nuestras apariencias del objeto, nuestro punto de vista —nuestro “yo”— podría ser una abstracción obtenida de todas nuestras percepciones de nosotros mismos, tanto de nuestros cuerpos como de nuestros procesos internos. (Recordemos que tanto nuestra percepción del objeto como nuestra percepción de nosotros mismos son, en realidad, percepciones restringidas, esto es, parte de nuestras percepciones completas, siendo éstas las verdaderamente dadas.) Pero el caso es que, para el realismo ingenuo —es decir, en el presente contexto, para la filosofía que se pretende ver en su base—, estas abstracciones serían meras ficciones, no realidades, y su razón de ser sería puramente práctica, o sea, para el desarrollo de nuestra vida ordinaria. Pero está claro también que una explicitación teórica como la que tratamos de esbozar, no tendría por qué restringirse al ámbito de las filosofías “ingenuas”, pudiendo también calificársela, verbigracia, como de tipo empirista o positivista.
Por último, en relación a la pregunta en torno a por qué mi percepción (entera) es mía —pese a estar mi percepción restringida del objeto en el objeto—, se comprenderá fácilmente que la respuesta más inmediata habrá de ser: porque en cada una de mis percepciones completas, aparece la percepción restringida de algo de mí mismo, de algo de mi cuerpo, por ejemplo. Mi cuerpo, digamos, es el sistema de referencia absoluto de todas mis percepciones (el origen de sus ejes estaría en el hipotético punto de vista integrado), y al formar parte de todas mis percepciones enteras, las haría a todas ellas precisamente mías. Tanto en mis percepciones como en las del lector podrían estar percepciones restringidas de un mismo objeto externo, las cuales estarían en éste, pero mis percepciones serían mías porque en ellas estaría la percepción de algo de mí, como mi cuerpo, y en las percepciones del lector estarían las percepciones de algo suyo, como su cuerpo, por lo cual serían suyas. De todas maneras, en vista de nuestro análisis, podría cuestionarse que mi percepción entera fuera exactamente mía, ya que una parte suya estará en el objeto, con lo que podría verme obligado a admitir que mi percepción es, solamente, la parte de la percepción entera en la que participo, a saber, la percepción restringida de algo de mí mismo. Mi percepción, así, como una parte de la percepción en la que participo. Y en mi percepción, sea como construcción teórico-práctica o como límite real de la suma de mis percepciones restringidas de mí mismo, estaría mi punto de vista integrado, en cuya naturaleza no ingresaremos ahora.
Pero valdría la pena insistir en que, para el realismo ingenuo, mi ser sería el conjunto de todas las percepciones restringidas de mí mismo, pues eso es lo dado, mientras que el punto de vista integrado sería una abstracción con fines cotidianos. Pero todo esto, que en el marco de una epojé científico-filosófica podría estar en la base de un realismo ingenuo, también podría, mutatis mutandis, estar en la base de una metafísica explícita diferente, en la que las respectivas abstracciones del objeto en sí y del yo ya no tengan la motivación de, digamos, hacer posible el lenguaje cotidiano y ordinario, dado que podrían ser, o ser sustituidas por, realidades trascendentes o trascendentales según el caso, sea de tipo físico, espiritual, platónico o, aun, de algún otro género de ser metafísicamente postulado.


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