Digamos
de nuevo que las relaciones espaciotemporales de la percepción agotan las
relaciones externas del objeto. No hay diferencia entre las relaciones del
objeto con el entorno inmediato y las que tiene con mi ser, porque ambas son
espaciotemporales. En la percepción global
del objeto, estoy yo, tanto como el entorno y el objeto mismo. Yo completo el
entramado de las relaciones espaciotemporales. La relación del objeto con el
entorno es de este tipo, al igual que la relación del objeto conmigo. Digamos
que el ambiente, o, con mayor precisión, el mundo inmediato al objeto, se
compone del entorno inmediato y de mi ser. Pues en efecto: la única diferencia
entre la relación con el entorno y la relación conmigo es que la última remite
al sistema de referencia privilegiado. Cada yo
lo es. Pero en lo tocante a “mi” percepción, lo relevante es que el objeto se
juzga en relación a mí, a mi yo completo, a mi cuerpo ante todo, a la sensación
del mismo (eludimos el tema de las imágenes mentales, pero ciertamente el
realista ingenuo no las ubica fuera). Porque si la percepción del objeto se
evaluara en relación al entorno, tal percepción sería tenida por el entorno, y no por mí. En la filosofía de Leibniz,
esto no representaría problema alguno, pero incluso en el sentido usual de los
términos el entorno puede percibir al objeto con tal de que en el entorno haya
un ser humano, o incluso un animal. Pero no hablamos de esas percepciones, sino
de las percepciones del objeto en relación a nosotros. Luego, en mi percepción
del objeto no entran, para su definición, las relaciones (externas) del objeto con
el entorno (que también es exterior a mí), sino sólo las relaciones con mi
persona. Porque si, además, las relaciones con el entorno quisieran
introducirse, ellas estarían en mi percepción del entorno, que ahora sería
objeto, siendo que el primer objeto devino en entorno.
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