miércoles, 29 de mayo de 2013

m.2.14. La apariencia no es una intersección entre el objeto y el sujeto


He considerado, hace un tiempo, la posibilidad de que, en el marco del realismo ingenuo, la percepción del objeto (propiedades y estructura internas) esté tanto en mí como en el objeto. Esto conseguiría dar un sentido “claro” al hecho de que mi percepción sea mía, por más que también pertenezca al objeto. Pero esta idea, bien examinada, de ningún modo puede ser una explicitación de la metafísica encarnada que subyace al realismo ingenuo, ya que, para éste, de ningún modo esas propiedades internas que veo en el objeto están en mí. El color del objeto, su lisura o rugosidad, están en el objeto, por ejemplo a un par de metros de mi cuerpo, y no en mí. Por otra parte, esta explicitación no sería de ningún modo útil para probar la existencia del mundo externo en el marco de la epojé científico-metafísica, ya que si la percepción restringida del objeto estuviese también en mí, estaría en la intersección (en el sentido de la teoría de conjuntos) entre lo que el objeto es y lo que soy yo. En particular, estaría en mí, y, por tanto, no serviría para probar que hay algo fuera de mí. Podría decirse que serviría para probar que existe el objeto, pero, de todas formas, tal prueba no lo probaría como exterior, porque la apariencia sería, precisamente, la parte del objeto que está en mí, y no en mi exterior, además de la parte de mí que está en el objeto. Esta sería una filosofía de inter-penetración del sujeto con el mundo, un tipo de filosofía extravagante, a mi juicio. En ella, de la existencia de la percepción (que es de lo que no se duda, el punto de partida) sólo se podría inferir la existencia de la parte del objeto que está dentro mío, pero eso no es lo que se persigue al tratar de establecer la existencia del mundo exterior.
El sujeto y el objeto no se inter-penetran, por más que en la percepción entera sendas partes de los mismos estén una junto a la otra.


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