He
considerado, hace un tiempo, la posibilidad de que, en el marco del realismo
ingenuo, la percepción del objeto (propiedades y estructura internas) esté
tanto en mí como en el objeto. Esto conseguiría dar un sentido “claro” al hecho
de que mi percepción sea mía, por más que también pertenezca al objeto. Pero
esta idea, bien examinada, de ningún modo puede ser una explicitación de la
metafísica encarnada que subyace al realismo ingenuo, ya que, para éste, de
ningún modo esas propiedades internas que veo en el objeto están en mí. El
color del objeto, su lisura o rugosidad, están en el objeto, por ejemplo a un
par de metros de mi cuerpo, y no en mí. Por otra parte, esta explicitación no
sería de ningún modo útil para probar la existencia del mundo externo en el
marco de la epojé científico-metafísica, ya que si la percepción restringida
del objeto estuviese también en mí,
estaría en la intersección (en el sentido de la teoría de conjuntos) entre lo
que el objeto es y lo que soy yo. En particular, estaría en mí, y, por tanto,
no serviría para probar que hay algo fuera de mí. Podría decirse que serviría
para probar que existe el objeto, pero, de todas formas, tal prueba no lo
probaría como exterior, porque la apariencia sería, precisamente, la parte del
objeto que está en mí, y no en mi exterior, además de la parte de mí que está
en el objeto. Esta sería una filosofía de inter-penetración del sujeto con el
mundo, un tipo de filosofía extravagante, a mi juicio. En ella, de la existencia
de la percepción (que es de lo que no se duda, el punto de partida) sólo se
podría inferir la existencia de la parte del objeto que está dentro mío, pero
eso no es lo que se persigue al tratar de establecer la existencia del mundo
exterior.
El
sujeto y el objeto no se inter-penetran, por más que en la percepción entera sendas
partes de los mismos estén una junto a la otra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario