1.7.1. Algo y el mundo
A
lo largo de este capítulo hemos procedido como si probar la existencia de una
cosa concreta (mi escritorio, verbigracia) fuese equivalente a probar la
existencia del mundo exterior. La
primera excusa para esto es que es usual formular el problema de esa manera, es
decir, preguntando simplemente si existe algo
fuera de mí. Se advertirá, sin embargo, que el argumento es aplicable a un
sinnúmero de cosas, por lo cual la existencia del mundo externo estaría virtualmente probada. Pero enseguida pueden
traerse a colación objetos que están en una peculiar situación en relación a
nosotros, como los objetos que hemos percibido pero que ahora nadie percibe (y de los cuales no tenemos motivos para pensar
que hayan dejado de existir), los objetos que son demasiado pequeños para ser percibidos
“a ojo desnudo” (moléculas, células), y los objetos de los que aún no tenemos
noticia pero que probablemente existen (especies extraterrestres, determinados
objetos astronómicos). Con todo, se comprenderá que las especiales pruebas de
existencia que estas entidades puedan requerir constituyen un problema diferente
del aquí abordado. Son problemas distintos del problema del mundo exterior en
su forma más rudimentaria, pero de éste nos ocupamos aquí.
No
obstante esto, en el escrito evolutivo que conforma el siguiente capítulo, se
dirán algunas cosas más profundas sobre la existencia del Mundo en general.
Concretamente, diremos que, también en base a la “metafísica folk encarnada” en
el sujeto, el Mundo se completa para el sujeto a partir de cierto objeto
cualquiera de modo análogo a como el objeto particular mismo se completa a
partir de una de sus percepciones restringidas. Sin embargo, esta tesis será
ante todo aplicable al Mundo y a los objetos particulares en el marco de la
alternativa del realismo ingenuo.
1.7.2. Originalidad
No
reclamo ninguna originalidad para mi prueba del mundo exterior. Ello me tiene casi
sin cuidado. La verdadera utilidad que yo busqué y luego encontré cuando la
obtuve, fue la de disolver las confusiones —y los trastornos, para qué negarlo—
en los que me había sumido al lidiar con el tema. Es posible que realmente haya
necesitado de mi prueba, porque un mal día me había parecido —y la cosa siguió
así por un tiempo considerable— que la cuestión era realmente escandalosa, al punto de que echaba por
la borda toda la filosofía. Sin embargo, volviendo al asunto de la
originalidad, diré que mucho tiempo después de obtener mi prueba, leí
superficialmente unas páginas de Einstein en las que éste comentaba un párrafo
de Bertrand Russell, ubicado en el libro Investigación
sobre el significado y la verdad: me pareció que tal vez allí estaba la
misma idea que yo había obtenido por mi cuenta. No le di importancia, y ni
siquiera analicé el párrafo. Tampoco he tenido tiempo de estudiarlo a propósito
de la redacción de este capítulo. De cualquier manera, que otros hayan llegado
a la misma prueba que yo no me extrañaría en absoluto. De hecho, mi
razonamiento es tan elemental que sería prácticamente absurdo pretender que nadie lo haya pensado antes.
1.7.3. Regularidad
La
sencillez de mi prueba, sin embargo, no deja de sorprenderme cuando la
contrasto con la dificultad que se le atribuyó al problema, por lo menos desde
Descartes. Sigue desconcertándome un poco cuando la comparo con otras “pruebas”
de carácter extravagante, tedioso, o simplemente falaz. Por ejemplo, con aquel
argumento que, hasta donde lo entendí siempre, se traduciría así: puesto que el
flujo de nuestra experiencia es regular, debe haber un centro emisor de esas
regularidades, a saber, el objeto externo. El mundo fenoménico —Martin Gardner
nos cuenta que Peirce lo llamaba “fanerón”— presenta claras regularidades que
nos permitirían inferir la cosa… más allá de los fenómenos… ¡Pamplinas!: Es
lógicamente posible que nuestra percepción del mundo —considerada
fenoménicamente— sea tan regular como parece serlo y, sin embargo, no exista
nada más allá de ella. En este caso, y en vista de nuestro argumento, la
cuestión debería zanjarse identificando al exterior con aquello mismo que se nos aparece como exterior (dentro de la
experiencia misma) y no entrando en crisis. Porque en este caso no debería
temerse que una “cosa trascendente” —que ya se habría descartado por hipótesis
al dejar de llamar “fenoménico” a nuestro mundo— pueda no existir. Como he
dicho, las confusiones a este respecto han sido enormes, y comprender su origen
sería del mayor interés. Fueron tan grandes esas confusiones que hicieron que incluso
Bertrand Russell, dueño de la prosa más inteligente que he leído, dijera: “El
solipsismo es lógicamente impecable, pero psicológicamente imposible”. Pues
bien, yo, modestamente, digo aproximadamente todo lo contrario: El solipsismo
es psicológicamente posible, pero lógicamente imposible.
1.7.4. Solipsismo y “yo máximo”
Hace
más de una década, por el tiempo en que obtuve mi argumento, le dije a un amigo
(lo era por entonces) que mi prueba podía entenderse como una refutación del
solipsismo. Él, que mostraba cierto interés por lo que yo escribía, me dijo que
puesto en esos términos el tema no resultaba interesante. No dije nada, aunque no
vi tanta diferencia entre esa refutación y la prueba. Ahora, cuando he
rescatado todo esto del olvido, vuelvo a pensar en el solipsismo, es decir, en
la teoría de que sólo yo existo. Quiero vincularlo con el concepto de “yo
mínimo” que esbozamos más arriba. Mi yo mínimo era la menor entidad que debía componerme
para que el problema del mundo exterior pudiese plantearse adecuadamente. La
habíamos identificado, ante todo, con la parte del sujeto que percibe las cosas
externas (ciertas zonas de nuestro cerebro o directamente el alma, según la
perspectiva metafísica). Habíamos dicho, además, que una noción más amplia de
“yo” podía incluir al cuerpo del sujeto (el resto del cuerpo o el cuerpo
entero, según el mismo cambio de perspectiva). Ahora bien, ¿qué contaría como
un “yo máximo”? Creo que la respuesta debería ser: el mundo. Me parece que ésta
sería otra manera de expresar el solipsismo. El solipsista diría: “Yo soy el
mundo”: un mundo interior. Esto es, desde ya, coherente con la solución que la extravagante
teoría da al problema del mundo externo, a saber, que no hay mundo externo.
Porque si yo soy el mundo, y el mundo es todo lo que hay —hipótesis aquí
implícita—, entonces nada hay fuera de mí, porque nada hay fuera del mundo. Este
“yo máximo” puede ser visto como la extrapolación del yo al mundo entero. Pero
el caso es que entendemos por “yo” algo como el yo mínimo o, a lo sumo, como el
“yo amplio” que incluye al cuerpo. Respecto del hipotético “yo máximo”, este yo
amplio sería, quizá, mejor denominado como “yo medio” (acotemos que hoy en día,
por ejemplo en la filosofía de la mente, se le presta bastante atención al
cuerpo). Por lo demás, es evidente que si definiéramos al “yo” como el mundo,
entonces el solipsismo sería cierto por definición, pero al mismo tiempo se volvería
una teoría arbitraria. No obstante, el solipsismo no pretende ser una doctrina
establecida por meras definiciones, sino una hipótesis basada en verdaderos
motivos para dudar. Ahora bien, en este capítulo hemos mostrado que esas
razones carecen por completo de fundamento. Porque no hay razón para pensar que
lo que percibimos como cosa externa sea interna, o bien porque la cosa externa
es eso mismo que aparece ante
nosotros, o bien es la causa que presuponemos para nuestra percepción. Y una
vez más: no puede presuponerse que algo existe y, al mismo tiempo, dudar de que
exista.
1.7.5. Avizorando
Por
último, daré algún indicio de por qué, al mencionar la posibilidad de que lo
descrito por la física sea una mediación entre la percepción y una posible razón
última de ésta, sugerí también la alternativa de que ello —las partículas
elementales, digamos— pudiese ser considerado como parte antes que como mediación
de la causa última. Ello se debe a que adhiero a un tipo de teorías —David
Chalmers las llamó “russellianas”— según las cuales las cualidades fenoménicas
(qualia) constituyen propiedades intrínsecas de lo físico. A grandes rasgos y
en mi propia versión, una teoría semejante nos diría que la verdaderas “causas”
de nuestras percepciones son cosas que tienen las propiedades estructurales que
la física atribuye a las partículas elementales, pero que también tienen
propiedades intrínsecas (por completo ausentes en la teoría física) dadas por
cualidades fenoménicas. Probablemente, estas cualidades serían muy distintas a
las que aparecen en la conciencia, y en especial a las de la conciencia humana.
Si no fuera inadecuado, si no se prestara a confusión, uno podría decir que tales
cualidades serían espirituales. No obstante, resulta inadecuado. La forma de
decirlo que actualmente considero correcta es: las cualidades de la conciencia
y las cualidades intrínsecas de lo físico pertenecen al mismo tipo de cosa.
Pero esto, desde ya, es tema para otro capítulo.