lunes, 4 de febrero de 2013

m.1.7. Cinco observaciones finales


1.7.1. Algo y el mundo
A lo largo de este capítulo hemos procedido como si probar la existencia de una cosa concreta (mi escritorio, verbigracia) fuese equivalente a probar la existencia del mundo exterior. La primera excusa para esto es que es usual formular el problema de esa manera, es decir, preguntando simplemente si existe algo fuera de mí. Se advertirá, sin embargo, que el argumento es aplicable a un sinnúmero de cosas, por lo cual la existencia del mundo externo estaría virtualmente probada. Pero enseguida pueden traerse a colación objetos que están en una peculiar situación en relación a nosotros, como los objetos que hemos percibido pero que ahora nadie percibe (y de los cuales no tenemos motivos para pensar que hayan dejado de existir), los objetos que son demasiado pequeños para ser percibidos “a ojo desnudo” (moléculas, células), y los objetos de los que aún no tenemos noticia pero que probablemente existen (especies extraterrestres, determinados objetos astronómicos). Con todo, se comprenderá que las especiales pruebas de existencia que estas entidades puedan requerir constituyen un problema diferente del aquí abordado. Son problemas distintos del problema del mundo exterior en su forma más rudimentaria, pero de éste nos ocupamos aquí.
No obstante esto, en el escrito evolutivo que conforma el siguiente capítulo, se dirán algunas cosas más profundas sobre la existencia del Mundo en general. Concretamente, diremos que, también en base a la “metafísica folk encarnada” en el sujeto, el Mundo se completa para el sujeto a partir de cierto objeto cualquiera de modo análogo a como el objeto particular mismo se completa a partir de una de sus percepciones restringidas. Sin embargo, esta tesis será ante todo aplicable al Mundo y a los objetos particulares en el marco de la alternativa del realismo ingenuo.

1.7.2. Originalidad
No reclamo ninguna originalidad para mi prueba del mundo exterior. Ello me tiene casi sin cuidado. La verdadera utilidad que yo busqué y luego encontré cuando la obtuve, fue la de disolver las confusiones —y los trastornos, para qué negarlo— en los que me había sumido al lidiar con el tema. Es posible que realmente haya necesitado de mi prueba, porque un mal día me había parecido —y la cosa siguió así por un tiempo considerable— que la cuestión era realmente escandalosa, al punto de que echaba por la borda toda la filosofía. Sin embargo, volviendo al asunto de la originalidad, diré que mucho tiempo después de obtener mi prueba, leí superficialmente unas páginas de Einstein en las que éste comentaba un párrafo de Bertrand Russell, ubicado en el libro Investigación sobre el significado y la verdad: me pareció que tal vez allí estaba la misma idea que yo había obtenido por mi cuenta. No le di importancia, y ni siquiera analicé el párrafo. Tampoco he tenido tiempo de estudiarlo a propósito de la redacción de este capítulo. De cualquier manera, que otros hayan llegado a la misma prueba que yo no me extrañaría en absoluto. De hecho, mi razonamiento es tan elemental que sería prácticamente absurdo pretender que nadie lo haya pensado antes.

1.7.3. Regularidad
La sencillez de mi prueba, sin embargo, no deja de sorprenderme cuando la contrasto con la dificultad que se le atribuyó al problema, por lo menos desde Descartes. Sigue desconcertándome un poco cuando la comparo con otras “pruebas” de carácter extravagante, tedioso, o simplemente falaz. Por ejemplo, con aquel argumento que, hasta donde lo entendí siempre, se traduciría así: puesto que el flujo de nuestra experiencia es regular, debe haber un centro emisor de esas regularidades, a saber, el objeto externo. El mundo fenoménico —Martin Gardner nos cuenta que Peirce lo llamaba “fanerón”— presenta claras regularidades que nos permitirían inferir la cosa… más allá de los fenómenos… ¡Pamplinas!: Es lógicamente posible que nuestra percepción del mundo —considerada fenoménicamente— sea tan regular como parece serlo y, sin embargo, no exista nada más allá de ella. En este caso, y en vista de nuestro argumento, la cuestión debería zanjarse identificando al exterior con aquello mismo que se nos aparece como exterior (dentro de la experiencia misma) y no entrando en crisis. Porque en este caso no debería temerse que una “cosa trascendente” —que ya se habría descartado por hipótesis al dejar de llamar “fenoménico” a nuestro mundo— pueda no existir. Como he dicho, las confusiones a este respecto han sido enormes, y comprender su origen sería del mayor interés. Fueron tan grandes esas confusiones que hicieron que incluso Bertrand Russell, dueño de la prosa más inteligente que he leído, dijera: “El solipsismo es lógicamente impecable, pero psicológicamente imposible”. Pues bien, yo, modestamente, digo aproximadamente todo lo contrario: El solipsismo es psicológicamente posible, pero lógicamente imposible.

1.7.4. Solipsismo y “yo máximo”
Hace más de una década, por el tiempo en que obtuve mi argumento, le dije a un amigo (lo era por entonces) que mi prueba podía entenderse como una refutación del solipsismo. Él, que mostraba cierto interés por lo que yo escribía, me dijo que puesto en esos términos el tema no resultaba interesante. No dije nada, aunque no vi tanta diferencia entre esa refutación y la prueba. Ahora, cuando he rescatado todo esto del olvido, vuelvo a pensar en el solipsismo, es decir, en la teoría de que sólo yo existo. Quiero vincularlo con el concepto de “yo mínimo” que esbozamos más arriba. Mi yo mínimo era la menor entidad que debía componerme para que el problema del mundo exterior pudiese plantearse adecuadamente. La habíamos identificado, ante todo, con la parte del sujeto que percibe las cosas externas (ciertas zonas de nuestro cerebro o directamente el alma, según la perspectiva metafísica). Habíamos dicho, además, que una noción más amplia de “yo” podía incluir al cuerpo del sujeto (el resto del cuerpo o el cuerpo entero, según el mismo cambio de perspectiva). Ahora bien, ¿qué contaría como un “yo máximo”? Creo que la respuesta debería ser: el mundo. Me parece que ésta sería otra manera de expresar el solipsismo. El solipsista diría: “Yo soy el mundo”: un mundo interior. Esto es, desde ya, coherente con la solución que la extravagante teoría da al problema del mundo externo, a saber, que no hay mundo externo. Porque si yo soy el mundo, y el mundo es todo lo que hay —hipótesis aquí implícita—, entonces nada hay fuera de mí, porque nada hay fuera del mundo. Este “yo máximo” puede ser visto como la extrapolación del yo al mundo entero. Pero el caso es que entendemos por “yo” algo como el yo mínimo o, a lo sumo, como el “yo amplio” que incluye al cuerpo. Respecto del hipotético “yo máximo”, este yo amplio sería, quizá, mejor denominado como “yo medio” (acotemos que hoy en día, por ejemplo en la filosofía de la mente, se le presta bastante atención al cuerpo). Por lo demás, es evidente que si definiéramos al “yo” como el mundo, entonces el solipsismo sería cierto por definición, pero al mismo tiempo se volvería una teoría arbitraria. No obstante, el solipsismo no pretende ser una doctrina establecida por meras definiciones, sino una hipótesis basada en verdaderos motivos para dudar. Ahora bien, en este capítulo hemos mostrado que esas razones carecen por completo de fundamento. Porque no hay razón para pensar que lo que percibimos como cosa externa sea interna, o bien porque la cosa externa es eso mismo que aparece ante nosotros, o bien es la causa que presuponemos para nuestra percepción. Y una vez más: no puede presuponerse que algo existe y, al mismo tiempo, dudar de que exista.

1.7.5. Avizorando
Por último, daré algún indicio de por qué, al mencionar la posibilidad de que lo descrito por la física sea una mediación entre la percepción y una posible razón última de ésta, sugerí también la alternativa de que ello —las partículas elementales, digamos— pudiese ser considerado como parte antes que como mediación de la causa última. Ello se debe a que adhiero a un tipo de teorías —David Chalmers las llamó “russellianas”— según las cuales las cualidades fenoménicas (qualia) constituyen propiedades intrínsecas de lo físico. A grandes rasgos y en mi propia versión, una teoría semejante nos diría que la verdaderas “causas” de nuestras percepciones son cosas que tienen las propiedades estructurales que la física atribuye a las partículas elementales, pero que también tienen propiedades intrínsecas (por completo ausentes en la teoría física) dadas por cualidades fenoménicas. Probablemente, estas cualidades serían muy distintas a las que aparecen en la conciencia, y en especial a las de la conciencia humana. Si no fuera inadecuado, si no se prestara a confusión, uno podría decir que tales cualidades serían espirituales. No obstante, resulta inadecuado. La forma de decirlo que actualmente considero correcta es: las cualidades de la conciencia y las cualidades intrínsecas de lo físico pertenecen al mismo tipo de cosa. Pero esto, desde ya, es tema para otro capítulo.

domingo, 3 de febrero de 2013

m.1.6. Otra alternativa para la razón última


Terminada esta digresión en torno a nuestro cuerpo, retomemos lo que decíamos. Lo necesario para que el problema del mundo exterior siquiera se plantee, es la cuestión de si hay o no algo exterior al yo que sea “causa” —o, en un sentido más amplio o abstracto, “razón”— de la percepción de una cosa. Si esa causa no existe, entonces el mundo exterior existe, porque es la cosa percibida, sin mediaciones, la aparición del objeto ante nosotros como algo exterior. Pero si la causa de la “percepción externa” (i.e., que vemos como externa) existe, entonces el mundo exterior existe, porque es esa causa que acabamos de suponer en el condicional. Ahora bien, cuando más arriba supusimos que la causa existía, la identificamos con el objeto físico exterior, pero esto, como ya señalamos, no es imprescindible. En principio existen muchas metafísicas posibles en las que las “causas” de nuestras afecciones perceptivas no sean objetos físicos. Podrían ser fantasmas, demonios, objetos abstractos, etcétera. No examinaremos estas alternativas directamente, pero sí de un modo indirecto. Sin embargo, antes de hacerlo digamos que el argumento será siempre el mismo: si no hay “causa” de la percepción, el mundo exterior existe porque el objeto está allí mismo, “en carne y hueso”, fuera de nosotros, como conjunto de percepciones restringidas, mientras que si la causa existe, entonces el mundo exterior existe por hipótesis, dado que es esa misma “causa”. Montados sobre esta férrea vía, consideremos una nueva alternativa para esa “causa” o “razón” de la percepción. Lo que haremos será iterar el argumento en aras de una metafísica presumiblemente más sutil. Así procede la iteración:
Un escéptico podría aceptar la teoría científica de la percepción y, sin embargo, pretender que todavía hay lugar para dudar de la existencia del mundo externo. Podría sostener que si bien las partículas elementales que constituyen su escritorio son responsables de la percepción que él tiene de su escritorio, ello no implica que lo sean en forma última y fundamental. Podrá aceptar que las partículas elementales existen, pero declarar que no está seguro de que exista esta otra razón última de la percepción. Una filosofía de tipo kantiano, o cualquier otra que considere que ciertos conceptos científicos rigen ante todo lo fenoménico, podría sostener algo así. Según esta perspectiva, la verdadera razón de nuestras percepciones externas no es descriptible, o por lo menos no totalmente, en términos científicos: las partículas elementales, tal como las concibe la ciencia, serían mediaciones conceptuales o, a lo sumo, una mera “parte” o “aspecto” (volveré sobre esta noción de “parte” al final de este capítulo) de la verdadera razón por la que tenemos percepciones “exteriores”. Sin embargo, nos preguntaría el escéptico, ¿cómo estar seguro de que esa razón final existe realmente? Esta es, a grandes rasgos, la objeción escéptica ulterior. Como se verá, no hay una gran diferencia entre esta perspectiva y la que, ya un paso antes, directamente negara el papel de la ciencia y sostuviera que la razón última de la percepción (en particular, lo que es realmente mi “escritorio en sí”) no tiene nada que ver con cosas descriptibles en términos de la física: la única diferencia estribaría en que desde esta última perspectiva se pasaría a una razón no científica más directamente. Es por esto por lo que no consideramos esta perspectiva en forma separada: porque de todas formas consideraremos lo esencial de ella en último término. Además, la consideración de una razón de la percepción que, a esta altura de los tiempos, no tenga en cuenta en absoluto lo que la ciencia tiene que decir sobre la percepción, no merece, a mi criterio, un tratamiento especial.
Ahora bien, esbozada ya esta objeción, pasemos a responderla mediante nuestro argumento básico. Notemos una vez más que un pensamiento de este tipo no dice nada en contra de la existencia de un mundo externo, sea éste el que fuere o como fuere. La réplica es como sigue:
O la constitución física de mi escritorio (las partículas elementales que lo componen) es la verdadera razón (causa, en este caso) de mis percepciones exteriores, o no lo es. Si no lo es, consideramos el caso de que las correspondientes nociones científicas sean mediaciones (o a lo sumo “parte”) de las razones últimas de las percepciones exteriores. Esto significa que primero está la razón última —para describir una parte de la cual podrían o no utilizarse nociones científicas—, luego están las mediaciones científicas —en el caso de que la razón última nada tenga que ver con nociones físicas, como en la filosofía de Schopenhauer—, y por último figuran las percepciones externas, como “consecuencia” o “efecto final” de la razón última. Esta razón fundamental sería, pongamos por caso, mi “escritorio en sí”. Ahora bien, ante esto reaccionamos como antes: si las partículas elementales son la verdadera causa de mis percepciones, entonces el mundo exterior existe, pues es, en parte, la colección de partículas elementales que constituyen mi escritorio. Pero si, en cambio, las partículas (tal como las entiende la ciencia) no son la verdadera causa, sino que tienen a su vez una razón ulterior (que las torna mediaciones conceptuales o, a lo sumo, parte de la noción de la razón última), entonces el mundo exterior también existe, por hipótesis, porque se lo acaba de suponer: el mundo exterior es, en este caso, esa misma razón última, sea ella la que fuere.
Concluimos, entonces, que sea cual fuere el concepto que tengamos del mundo exterior, ese mundo existe. Si nuestro concepto de él es aquello se nos aparece fenomenológicamente, esto será el mundo exterior; si es el universo de las partículas elementales, éste será el mundo exterior; y si es una razón metafísica última, ésta constituirá el mundo exterior. El mundo exterior a mí (y a ti) existe en cualquier caso. Quod erat demonstrandum.


sábado, 2 de febrero de 2013

m.1.5. El “yo mínimo” y el cuerpo


Hablando en general, es realmente absurdo suponer primero que la percepción es el efecto de algo que está fuera y luego dudar de que exista eso que está fuera. Es absurdo porque uno acaba de suponer que existe, al suponer que es lo que causa la percepción. Si uno supone que algo es la causa de otra cosa, en particular supone que existe, porque de lo contrario la segunda cosa no tendría ninguna causa. Esto último, a su vez, equivale a suponer que la cosa que percibo ahí fuera es realmente ella misma, y que está fuera, porque la veo fuera. Suponer que mi percepción es incausada es suponer que lo que percibo como estando fuera está realmente fuera, por la simple razón de que estoy suponiendo que no es el efecto de alguna cosa o proceso que esté “más afuera”. Cuando me di cuenta de esto por primera vez, fui incapaz de entender por qué no lo había advertido antes. El razonamiento es tan elemental que ha de ser todo un desafío filosófico llegar a comprender por qué surgió el problema del mundo exterior y por qué pudo mantenerse de modo tan pertinaz, hasta el punto de ser considerado “el escándalo de la filosofía”. Por cierto no trataré de resolver esta cuestión aquí; como no sé la respuesta, en este momento ella me parece harto más difícil que el problema mismo del mundo exterior.
La alternativa del objeto externo como aquello que describe la ciencia es, evidentemente, un caso particular para la elección entre las posibilidades de un componente del mundo exterior. Pero la esencia de nuestro argumento no depende, ya es tiempo de destacarlo, de que ese objeto externo sea descriptible en términos físicos: lo único que exige el argumento es que se considere la posibilidad lógica de algo —una cosa en general— distinto de uno mismo y, en especial, distinto de la percepción de la cosa. Tal entidad sería la supuesta razón de esta percepción.
Consideremos ahora la siguiente cuestión: ¿A que “yo” debe ser exterior esa cosa que pruebe la existencia del mundo externo? Ya hemos dicho que, para un materialista, el yo debe ser al menos algo que acontece en el cerebro y, por tanto, el “exterior” es —como máximo, según resultará evidente— el exterior al cerebro. ¿Sería suficiente para este materialista, en aras de nuestra prueba, demostrar que existen, por ejemplo, sus manos? Bien, está claro que esto dependerá de qué alcance le dé el materialista a su yo: si su yo es todo su cuerpo —con lo cual su exterior es ligeramente “más chico”—, con demostrar que existen sus manos no sería suficiente —porque su yo incluiría a sus manos—, mientras que si su yo se asocia a cierta zona del cerebro, o incluso al cerebro entero —con lo cual su exterior sería ligeramente “más grande”—, con la prueba de las manos sería suficiente. Es obvio que para evitar este tipo de complicaciones es mejor demostrar que existen cosas tales como mi escritorio. Pero, ¿qué ocurre en el caso del dualista? Ya hemos avanzado sobre esto: el dualista considerará que su persona, al menos en un sentido amplio del término, se compone de alma y cuerpo; en sentido estricto, sin embargo, el dualista podrá considerar que él es sólo su alma, y que su cuerpo es algo que meramente tiene o conduce (en efecto: el dualista sostiene que hay dos sustancias, y no necesariamente que él es ambas). Pero, podríamos preguntar, ¿cuál es, en este caso del dualista, la noción relevante del “yo” en relación al problema del mundo externo? Es evidente que este yo debe incluir al espíritu, porque el dualista podrá considerar que es alma sin cuerpo —por más que existan los cuerpos—, pero no cuerpo sin alma. El alma, la conciencia, el espíritu: algo de este género constituye el yo mínimo del dualista, cuya contrapartida, en el caso del materialista científico, es la actividad neuronal en ciertas zonas del cerebro, o incluso esas zonas mismas.
Consideraremos, entonces, que el yo mínimo es la parte de nosotros que percibe, piensa y siente emociones. Para el planteo usual del problema del mundo exterior, es de suponer, la parte que percibe es la más importante; pero ésta ya exigirá a la parte que piensa, sobre todo para quienes destacan el componente intelectual de las percepciones; por lo demás, sería extravagante suponer que las emociones estuvieran fuera del yo. La parte que percibe resulta básica porque, justamente, el problema se plantea cuando inquiero si eso que percibo como estando fuera de mí está realmente fuera de mí, o es meramente mi percepción (como podría decir Berkeley) y —en la alternativa científica o de cualquier otra razón última de la percepción— parte de mí mismo, lo cual justificaría la duda en torno a si realmente existe algo fuera de mí. Pero que ese yo —ante todo— percipiente sea el yo mínimo necesario no implica, como ya vimos, que el yo no pueda ser considerado por el dualista como algo mayor, a saber, como el compuesto de alma y cuerpo. En vista de ello, volvamos a hacernos la pregunta en torno a las manos. ¿Alcanza para el dualista, con el fin de establecer la existencia del mundo exterior, con demostrar que sus manos existen? Naturalmente, la respuesta es la misma que antes: que ello depende de si tal dualista toma al yo en sentido mínimo o en sentido amplio: si lo toma en sentido mínimo (yo igual a mi alma), entonces alcanzaría con probar las manos, pero si el yo se usa en sentido amplio (yo igual a mi alma más mi cuerpo), con la prueba de las manos no sería suficiente, porque las manos serían parte de mí y, por lo tanto, no estaría probando que exista algo fuera de mí. Nuevamente, para evitar este tipo de dificultades, es conveniente demostrar que existen cosas tales como los escritorios. De este modo, el resto del cuerpo para el materialista (lo que se suma al cerebro) o el cuerpo completo para el dualista (lo que se añade al alma), parecen cumplir un rol fatigoso en relación al problema del mundo externo. Lo mejor es considerarlo como una suerte de mediador entre el yo mínimo y el exterior a mí, en el sentido más propio de este último término.


m.1.4. Aceptando la teoría científica de la percepción. Dualismo y monismo materialista


Desde la perspectiva de la ciencia, no tenemos sensaciones fuera de nuestro cerebro. Todas nuestras experiencias, incluidas nuestras percepciones de lo externo, están en nuestro cerebro. Esta idea ha sido resaltada, por ejemplo, en ciertas obras de ciencia ficción y en el experimento mental del “cerebro en cubeta”. Ahora bien, teniendo esto en cuenta pueden empezar a surgir, al menos en las mentes filosóficamente confundidas, dudas sobre la existencia del exterior; pero ello está completamente injustificado, como veremos. Desde el punto de vista científico, el escritorio que veo delante de mí, como si realmente estuviera fuera de mí, es un conglomerado extremadamente grande de partículas elementales. Tales partículas imiten luz, tal luz impacta en mi retina, y tal impacto llega a mi cerebro, donde al fin se produce mi experiencia de ver el escritorio. Siempre desde el punto de vista científico, tal experiencia es cierta actividad de las neuronas —también compuestas de partículas elementales— que forman, digamos, el lóbulo occipital de mi cerebro. Desde el punto de vista subjetivo de primera persona, en cambio, tal experiencia del escritorio puede considerarse como un fenómeno cualitativo, que algunos filósofos analizarán como cierto agregado de qualia. Ahora bien, tanto la actividad neuronal como la experiencia subjetiva están, bajo nuestro presupuesto científico, en nosotros. Fundamentemos esta afirmación.
La inclusión de nuestra percepción en nosotros tiene una razonable independencia respecto de la postura que se tome en torno al problema mente-cerebro —o conciencia-materia, como prefiero llamarlo—. Desde una perspectiva monista materialista, por ejemplo, la experiencia subjetiva quedará definida en términos de cierta actividad neuronal, y por lo tanto estará en mí, porque mi cerebro está en mí. Por otra parte, desde una perspectiva dualista también se obtendrá que nuestras percepciones están en nosotros, o incluso específicamente en nuestra cabeza —como sostenía Russell, aunque desde una perspectiva diferente—. El dualista podrá sostener, por ejemplo, que yo soy una combinación de materia y espíritu (también podrá sostener que es sólo espíritu, aún aceptando que tiene un cuerpo), pero en este caso continuará siendo cierto que mi percepción del escritorio está en mí, porque estará en mi espíritu, y mi espíritu está en mí. Que mi espíritu está en mí es, para el dualista, un resultado de definiciones. Lo mismo ocurre con el hecho de que mi percepción de un objeto externo esté en mi espíritu. Pero en relación al problema del mundo exterior, que la percepción esté en el espíritu juega cierto rol argumental. (Recordemos que estamos aceptando la teoría científica de la percepción, por lo cual la percepción no puede componer al objeto externo.) El dualista reconoce que la percepción de su escritorio existe, por cuanto la tiene: de lo que a lo sumo dudará es de que exista el escritorio, es decir, el conglomerado de partículas en la hipótesis científica. Su aceptación de que su percepción existe va de la mano con su aceptación de que existe su espíritu; para él, si la percepción existe está en el espíritu. Luego, acepta que existe el “mundo interior”, cuya parte mínima y segura será el espíritu. Es en este contexto donde supuestamente puede dudarse del mundo exterior. Pero, como resultará evidente, tal duda es una inconsecuencia en vista de la hipótesis científica.
Supongamos ahora que se acepta un monismo materialista, es decir, la idea según la cual mis percepciones son ciertas actividades neuronales. Ahora bien, si a esto se une nuestra aceptación general de la ciencia, entonces yo soy un cuerpo, y hay otro cuerpo (el escritorio) que está fuera de mí. Ambos cuerpos están hechos de partículas elementales, y uno es exterior al otro; en particular, el escritorio es exterior a mi cuerpo. Pero si presupongo esto, no puedo luego negarlo, y decir que, pese a que la afección perceptiva está en mí (porque está en mi cerebro), no sé si el escritorio existe. Lo que sí podría hacer es, por ejemplo, negar la doctrina científica de la percepción, aceptar que de alguna manera la percepción (restringida) está en el escritorio, en cuyo caso el objeto simplemente estará allí fuera, en carne y hueso ante mí, sin mediación alguna. En cualquiera de los dos casos, el mundo exterior existe, aunque la concepción del mismo sea diferente en uno y otro. Con todo, como dijimos antes, de lo que se trata ahora es de probar que el mundo exterior existe, y no de elucidar qué propiedades tiene, lo que constituye un problema diferente.
Desde el punto de vista científico-materialista, como vemos, la prueba del mundo exterior no representa dificultades, pero ¿ocurre lo mismo desde la perspectiva dualista? Estamos asumiendo que la ciencia es correcta, y que por lo tanto el escritorio dista un poco de mi cuerpo, o a lo sumo se toca con él; en ambos casos, asumimos que el escritorio es material y es exterior a mi cuerpo material. Pero asumido esto, ¿quedaría alguna posibilidad para el dualista de continuar dudando de que exista el mundo exterior? Ello implicaría, en el caso examinado, que el dualista dudara de que el escritorio fuera realmente exterior a su yo. Asume que existe, su hipótesis es que existe, pero ¿es necesariamente exterior a él? Veremos que, naturalmente, la respuesta a esta última cuestión es afirmativa, y que por lo tanto el mundo exterior también existe en este caso.
El dualista, por lo general, no negará que tiene un cuerpo material, y probablemente considerará que él mismo es cuerpo más alma. Por hipótesis científica, sabe que el escritorio es exterior a su cuerpo; en particular, exterior a su cerebro. Pero, ¿significa esto que es exterior a él? ¿No podría ser todavía el escritorio interior a su alma? La posibilidad es evidentemente extravagante, pero vale la pena considerarla por una cuestión de prolijidad lógica. En tal extremo, el escritorio sería exterior a su cerebro, por hipótesis, pero interior a él mismo, puesto que él (el dualista) incluye a su alma. Ahora bien, si el escritorio estuviese en su alma, supuestamente el dualista podría todavía dudar de la existencia del mundo exterior a sí mismo, ya que tal mundo no incluiría al escritorio, y ya que para determinar que tal mundo existe, habría que, por lo menos, determinar que existe algo de él (el escritorio era el candidato para esto). Afirmar que su escritorio —o cualquier otro objeto material, incluido su propio cerebro— está en su alma, entonces, sería el único refugio para el dualista si, además, acepta la teoría científica de la percepción, la cual afirma que el proceso de tal percepción termina con cierta actividad en cierta zona del cerebro. Sin embargo, ¿cómo podría ser que el escritorio, que por hipótesis es físico-material, fuese interior a un alma? Aquí yace, naturalmente, el absurdo, porque, por definición, el dualismo distingue entre dos sustancias, el espíritu y la materia, que son esencialmente distintas. Luego, para el dualista, la materia no puede estar en el espíritu. Pero quizá todavía se pudiera considerar que el espíritu está hecho, en última instancia, de materia (por lo cual remotamente podría contener al escritorio), pero esto ya no sería dualismo, sino monismo, y presumiblemente un monismo materialista. Luego, incluso para el dualista, el escritorio está fuera de él bajo la hipótesis científica, ya que no está en su cuerpo (dada la doctrina científica de la percepción), y dado que no está en su alma (dada la noción misma del dualismo).

viernes, 1 de febrero de 2013

m.1.3. Síntesis de una aproximación explícita al realismo ingenuo


En el marco de este punto de vista ingenuo, como en otras filosofías (explícitas) más sofisticadas, la percepción es lo dado indubitable. Ahora bien, de las percepciones individuales, que están en el objeto, se pasa al objeto mismo, que debe considerarse, según mi análisis, como la colección de todas las percepciones posibles del mismo, actuales o potenciales. Digamos que en el momento presente (dejaremos las cuestiones temporales para capítulos posteriores) existe una “metafísica folk encarnada” en el sujeto, que completa el conocimiento de la realidad de toda la infinidad de percepciones no actuales. Hablamos aquí, para ser más exactos, de la “percepción restringida”, que es, sencillamente, una parte de la “percepción entera”: la parte que corresponde exactamente al objeto, por ejemplo, dada por sus cualidades y una estructura interna. Y puesto que la percepción restringida al objeto está en éste como exterior, el objeto, completado cognitivamente por esa metafísica inmersa en una “psicología natural” —y completado objetivamente por la realidad misma de esas percepciones restringidas—, también está en el exterior, y existe porque las percepciones existen, sea actual o potencialmente.
Asemejemos por un momento, en relación a la percepción visual, la perspectiva real asociada a nuestras apariencias del objeto con la llamada “perspectiva cónica”. En base a ésta, se podría decir que cada apariencia (percepción restringida del objeto) es el resultado de proyectar al “objeto en sí” sobre el “plano de la visión” en base a un punto de vista que está en nosotros. Pero, para el realista ingenuo, en el marco de nuestra epojé, el verdadero objeto no es trascendente en el sentido de que estuviera detrás de las percepciones, dado que, según lo dicho, cada percepción restringida es una parte del objeto como conjunto. Porque, en realidad, aquí ocurre una suerte de inversión del cálculo geométrico: el realista ingenuo, a diferencia del geómetra, no obtiene la apariencia a partir del objeto, el punto de vista, y las reglas de proyección, sino que, por así decirlo, obtiene el objeto —e incluso el punto de vista, podría argumentarse— a partir de la apariencia y las reglas de la proyección. Pero para el realista ingenuo, enteramente “primitivo” u “originario”, el “objeto en sí” y el “punto de vista” (el yo) que así obtiene no son entes trascendentes o trascendentales, según el caso, como lo serían para un metafísico “sofisticado” o especulativo, sino que para él, estoy dispuesto a argumentar, cosas tales como el objeto (más allá de la percepción) y el yo (más allá de la auto-percepción “sensible”) son meros recursos pragmáticos, incluso lingüísticos.
Así como el objeto, para el realista ingenuo, es la suma de sus apariencias posibles, el yo es la correspondiente suma de apariencias. Considerados de este modo, estos elementos corresponderían a lo que desde filosofías más sofisticadas podrían denominarse el objeto y el yo sensibles, por oposición a elementos trascendentes o trascendentales. Sin embargo, estos elementos “sensibles” son, antes de toda teorización, todo lo que hay.
En el segundo capítulo de esta obra se expondrá un desarrollo evolutivo de las ideas que aquí se han sintetizado tan someramente.



m.1.2. Percepciones en el objeto


Ante todo debemos decidir si aceptamos o no la ciencia, en particular la teoría de la percepción y la física de partículas, esta última como determinante de lo que hay —si es que hay algo— en el mundo exterior. Supongamos primero que no aceptamos la ciencia, que asumimos una especie de epojé científica. En este caso, nos introducimos en el llamado “realismo ingenuo”, según el cual las cosas son —simplificando al máximo— como las percibimos. Pero aquí ya obtenemos, por primera vez, que el mundo exterior existe. Pues en efecto: los objetos se nos aparecen como estando fuera de nosotros; un objeto así, para el realista ingenuo, no es fenoménico, sino la cosa misma, y, por supuesto, existe. Como diría Husserl (aunque en un contexto diferente), el objeto se nos aparece “en carne y hueso”; podemos tocarlo, por ejemplo, y comprobar que está fuera de nosotros. Nos produce el tipo de sensaciones que calificaríamos de (normalmente) “exteriores”. Es convencional que llamemos “exterior” a una sensación dada, como la que tenemos al tocar una piedra, pero no es convencional que la sensación que calificamos de “exterior” sea realmente exterior en nuestro campo perceptivo.
Intentemos esbozar algo de la filosofía que parece estar implícita en este realismo ingenuo. Para tal punto de vista, la percepción no tiene por qué ser algo que está en nosotros. De hecho, en el caso de un objeto exterior, el caso es que la percepción está justamente fuera de nosotros. El objeto aparece con ciertas propiedades cualitativas y una estructura interna; por ejemplo, aparece con ciertos colores (las propiedades cualitativas) dispuestos de cierta manera (la estructura interna). Las propiedades cualitativas son, efectivamente, propiedades internas del objeto; no sólo porque las veamos dentro del objeto, sino porque realmente están en el objeto. Porque si no acepto la ciencia (o en general ninguna metafísica que ofrezca razones ulteriores para lo sensible), no tengo ninguna razón para suponer que el rojo que veo en ese objeto esté en mí en lugar de estar en el objeto. Un pensamiento semejante sólo surge con el devenir de la cultura, pero precisamente estamos prescindiendo de esto.
En mi percepción del objeto, considerada en toda su amplitud, figuran: el objeto, un entorno del mismo (del cual no me consideraré parte) y algo de mí mismo. Porque podemos suponer que en cada percepción entera de un objeto se perciban las tres cosas: percibo el objeto, ante todo, pero también su entorno inmediato y una parte de mi persona. Del objeto percibo las propiedades y estructura internas, pero lo mismo ocurre con el ambiente y con lo que veo de mi persona. Ahora bien, por supuesto que nada de lo que percibo de mí mismo esté fuera de mí, pero, para el realismo ingenuo, es igual de evidente que ninguna de las propiedades y estructura internas del objeto están fuera del objeto; están en el objeto, de la misma manera que las propiedades del entorno están en el entorno. Luego, resulta ser que una parte de mi percepción, justamente la que es percepción del objeto, está en el objeto. Esto nos lleva a una forma de entender la percepción que puede sonar extravagante para nuestra mente moderna, porque estamos habituados a pensar que las percepciones están en nuestra cabeza, pero tal extravagancia no tendría lugar en el caso de una verdadera epojé, o en el caso imaginario de que alguien desconociera por completo la ciencia y la filosofía —cosa que por cierto no es tan imaginaria en algunos casos.