Hablando
en general, es realmente absurdo suponer primero que la percepción es el efecto
de algo que está fuera y luego dudar de que exista eso que está fuera. Es
absurdo porque uno acaba de suponer que existe, al suponer que es lo que causa
la percepción. Si uno supone que algo es la causa de otra cosa, en particular
supone que existe, porque de lo contrario la segunda cosa no tendría ninguna
causa. Esto último, a su vez, equivale a suponer que la cosa que percibo ahí
fuera es realmente ella misma, y que
está fuera, porque la veo fuera. Suponer que mi percepción es incausada es
suponer que lo que percibo como estando fuera está realmente fuera, por la
simple razón de que estoy suponiendo que no es el efecto de alguna cosa o
proceso que esté “más afuera”. Cuando me di cuenta de esto por primera vez, fui
incapaz de entender por qué no lo había advertido antes. El razonamiento es tan
elemental que ha de ser todo un desafío filosófico llegar a comprender por qué
surgió el problema del mundo exterior y por qué pudo mantenerse de modo tan
pertinaz, hasta el punto de ser considerado “el escándalo de la filosofía”. Por
cierto no trataré de resolver esta cuestión aquí; como no sé la respuesta, en
este momento ella me parece harto más difícil que el problema mismo del mundo
exterior.
La
alternativa del objeto externo como aquello que describe la ciencia es, evidentemente,
un caso particular para la elección entre las posibilidades de un componente
del mundo exterior. Pero la esencia de nuestro argumento no depende, ya es
tiempo de destacarlo, de que ese objeto externo sea descriptible en términos
físicos: lo único que exige el argumento es que se considere la posibilidad
lógica de algo —una cosa en general—
distinto de uno mismo y, en especial,
distinto de la percepción de la cosa. Tal entidad sería la supuesta razón de
esta percepción.
Consideremos
ahora la siguiente cuestión: ¿A que “yo” debe ser exterior esa cosa que pruebe
la existencia del mundo externo? Ya hemos dicho que, para un materialista, el
yo debe ser al menos algo que acontece en el cerebro y, por tanto, el
“exterior” es —como máximo, según resultará evidente— el exterior al cerebro.
¿Sería suficiente para este materialista, en aras de nuestra prueba, demostrar
que existen, por ejemplo, sus manos? Bien, está claro que esto dependerá de qué
alcance le dé el materialista a su yo: si su yo es todo su cuerpo —con lo cual
su exterior es ligeramente “más chico”—, con demostrar que existen sus manos no
sería suficiente —porque su yo incluiría a sus manos—, mientras que si su yo se
asocia a cierta zona del cerebro, o incluso al cerebro entero —con lo cual su
exterior sería ligeramente “más grande”—, con la prueba de las manos sería
suficiente. Es obvio que para evitar este tipo de complicaciones es mejor
demostrar que existen cosas tales como mi escritorio. Pero, ¿qué ocurre en el
caso del dualista? Ya hemos avanzado sobre esto: el dualista considerará que su
persona, al menos en un sentido amplio del término, se compone de alma y
cuerpo; en sentido estricto, sin embargo, el dualista podrá considerar que él
es sólo su alma, y que su cuerpo es algo que meramente tiene o conduce (en efecto: el dualista sostiene que hay dos
sustancias, y no necesariamente que él es ambas). Pero, podríamos preguntar,
¿cuál es, en este caso del dualista, la noción relevante del “yo” en relación
al problema del mundo externo? Es evidente que este yo debe incluir al espíritu, porque el dualista podrá considerar
que es alma sin cuerpo —por más que existan los cuerpos—, pero no cuerpo sin
alma. El alma, la conciencia, el espíritu: algo de este género constituye el yo mínimo
del dualista, cuya contrapartida, en el caso del materialista científico, es la
actividad neuronal en ciertas zonas del cerebro, o incluso esas zonas mismas.
Consideraremos,
entonces, que el yo mínimo es la parte de nosotros que percibe, piensa y siente
emociones. Para el planteo usual del problema del mundo exterior, es de suponer,
la parte que percibe es la más importante; pero ésta ya exigirá a la parte que
piensa, sobre todo para quienes destacan el componente intelectual de las
percepciones; por lo demás, sería extravagante suponer que las emociones estuvieran
fuera del yo. La parte que percibe resulta básica porque, justamente, el
problema se plantea cuando inquiero si eso que percibo como estando fuera de mí
está realmente fuera de mí, o es meramente mi percepción (como podría decir Berkeley)
y —en la alternativa científica o de cualquier otra razón última de la
percepción— parte de mí mismo, lo cual justificaría
la duda en torno a si realmente existe algo fuera de mí. Pero que ese yo —ante
todo— percipiente sea el yo mínimo
necesario no implica, como ya vimos, que el yo no pueda ser considerado por el
dualista como algo mayor, a saber, como el compuesto de alma y cuerpo. En vista
de ello, volvamos a hacernos la pregunta en torno a las manos. ¿Alcanza para el
dualista, con el fin de establecer la existencia del mundo exterior, con
demostrar que sus manos existen? Naturalmente, la respuesta es la misma que
antes: que ello depende de si tal dualista toma al yo en sentido mínimo o en sentido amplio: si lo toma en sentido
mínimo (yo igual a mi alma), entonces alcanzaría con probar las manos, pero si
el yo se usa en sentido amplio (yo igual a mi alma más mi cuerpo), con la
prueba de las manos no sería suficiente, porque las manos serían parte de mí y,
por lo tanto, no estaría probando que exista algo fuera de mí. Nuevamente, para
evitar este tipo de dificultades, es conveniente demostrar que existen cosas
tales como los escritorios. De este modo, el resto del cuerpo para el
materialista (lo que se suma al cerebro) o el cuerpo completo para el dualista
(lo que se añade al alma), parecen cumplir un rol fatigoso en relación al
problema del mundo externo. Lo mejor es considerarlo como una suerte de mediador entre el yo mínimo y el
exterior a mí, en el sentido más propio de este último término.
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