Desde
la perspectiva de la ciencia, no tenemos sensaciones fuera de nuestro cerebro.
Todas nuestras experiencias, incluidas nuestras percepciones de lo externo,
están en nuestro cerebro. Esta idea ha sido resaltada, por ejemplo, en ciertas obras
de ciencia ficción y en el experimento mental del “cerebro en cubeta”. Ahora
bien, teniendo esto en cuenta pueden empezar a surgir, al menos en las mentes
filosóficamente confundidas, dudas sobre la existencia del exterior; pero ello está
completamente injustificado, como veremos. Desde el punto de vista científico, el
escritorio que veo delante de mí, como si realmente estuviera fuera de mí, es
un conglomerado extremadamente grande de partículas elementales. Tales
partículas imiten luz, tal luz impacta en mi retina, y tal impacto llega a mi cerebro,
donde al fin se produce mi experiencia de ver el escritorio. Siempre desde el
punto de vista científico, tal experiencia es cierta actividad de las neuronas
—también compuestas de partículas elementales— que forman, digamos, el lóbulo
occipital de mi cerebro. Desde el punto de vista subjetivo de primera persona,
en cambio, tal experiencia del escritorio puede considerarse como un fenómeno
cualitativo, que algunos filósofos analizarán como cierto agregado de qualia.
Ahora bien, tanto la actividad neuronal como la experiencia subjetiva están,
bajo nuestro presupuesto científico, en
nosotros. Fundamentemos esta
afirmación.
La
inclusión de nuestra percepción en nosotros tiene una razonable independencia respecto
de la postura que se tome en torno al problema mente-cerebro —o
conciencia-materia, como prefiero llamarlo—. Desde una perspectiva monista materialista,
por ejemplo, la experiencia subjetiva quedará definida en términos de cierta
actividad neuronal, y por lo tanto estará en mí, porque mi cerebro está en mí.
Por otra parte, desde una perspectiva dualista también se obtendrá que nuestras
percepciones están en nosotros, o incluso específicamente en nuestra cabeza —como
sostenía Russell, aunque desde una perspectiva diferente—. El dualista podrá
sostener, por ejemplo, que yo soy una combinación de materia y espíritu (también
podrá sostener que es sólo espíritu, aún aceptando que tiene un cuerpo), pero
en este caso continuará siendo cierto que mi percepción del escritorio está en
mí, porque estará en mi espíritu, y mi espíritu está en mí. Que mi espíritu
está en mí es, para el dualista, un resultado de definiciones. Lo mismo ocurre
con el hecho de que mi percepción de un objeto externo esté en mi espíritu.
Pero en relación al problema del mundo exterior, que la percepción esté en el
espíritu juega cierto rol argumental. (Recordemos que estamos aceptando la
teoría científica de la percepción, por lo cual la percepción no puede componer
al objeto externo.) El dualista reconoce que la percepción de su escritorio
existe, por cuanto la tiene: de lo que a lo sumo dudará es de que exista el
escritorio, es decir, el conglomerado de partículas en la hipótesis científica.
Su aceptación de que su percepción existe va de la mano con su aceptación de
que existe su espíritu; para él, si la percepción existe está en el espíritu.
Luego, acepta que existe el “mundo interior”, cuya parte mínima y segura será
el espíritu. Es en este contexto donde supuestamente puede dudarse del mundo
exterior. Pero, como resultará evidente, tal duda es una inconsecuencia en
vista de la hipótesis científica.
Supongamos
ahora que se acepta un monismo materialista, es decir, la idea según la cual
mis percepciones son ciertas actividades neuronales. Ahora bien, si a esto se
une nuestra aceptación general de la ciencia, entonces yo soy un cuerpo, y hay
otro cuerpo (el escritorio) que está fuera de mí. Ambos cuerpos están hechos de
partículas elementales, y uno es exterior al otro; en particular, el escritorio
es exterior a mi cuerpo. Pero si presupongo esto, no puedo luego negarlo, y
decir que, pese a que la afección perceptiva está en mí (porque está en mi
cerebro), no sé si el escritorio existe. Lo que sí podría hacer es, por
ejemplo, negar la doctrina científica de la percepción, aceptar que de alguna
manera la percepción (restringida) está en el escritorio, en cuyo caso el
objeto simplemente estará allí fuera, en carne y hueso ante mí, sin mediación
alguna. En cualquiera de los dos casos, el mundo exterior existe, aunque la
concepción del mismo sea diferente en uno y otro. Con todo, como dijimos antes,
de lo que se trata ahora es de probar que el mundo exterior existe, y no de
elucidar qué propiedades tiene, lo que constituye un problema diferente.
Desde
el punto de vista científico-materialista, como vemos, la prueba del mundo
exterior no representa dificultades, pero ¿ocurre lo mismo desde la perspectiva
dualista? Estamos asumiendo que la ciencia es correcta, y que por lo tanto el
escritorio dista un poco de mi cuerpo, o a lo sumo se toca con él; en ambos
casos, asumimos que el escritorio es material y es exterior a mi cuerpo
material. Pero asumido esto, ¿quedaría alguna posibilidad para el dualista de continuar
dudando de que exista el mundo exterior? Ello implicaría, en el caso examinado,
que el dualista dudara de que el escritorio fuera realmente exterior a su yo.
Asume que existe, su hipótesis es que existe, pero ¿es necesariamente exterior
a él? Veremos que, naturalmente, la respuesta a esta última cuestión es
afirmativa, y que por lo tanto el mundo exterior también existe en este caso.
El
dualista, por lo general, no negará que tiene un cuerpo material, y probablemente
considerará que él mismo es cuerpo más alma. Por hipótesis científica, sabe que
el escritorio es exterior a su cuerpo; en particular, exterior a su cerebro.
Pero, ¿significa esto que es exterior a él? ¿No podría ser todavía el
escritorio interior a su alma? La posibilidad es evidentemente extravagante,
pero vale la pena considerarla por una cuestión de prolijidad lógica. En tal
extremo, el escritorio sería exterior a su cerebro, por hipótesis, pero
interior a él mismo, puesto que él (el dualista) incluye a su alma. Ahora bien,
si el escritorio estuviese en su alma, supuestamente
el dualista podría todavía dudar de la existencia del mundo exterior a sí
mismo, ya que tal mundo no incluiría al escritorio, y ya que para determinar
que tal mundo existe, habría que, por lo menos, determinar que existe algo de
él (el escritorio era el candidato para esto). Afirmar que su escritorio —o
cualquier otro objeto material, incluido su propio cerebro— está en su alma,
entonces, sería el único refugio para el dualista si, además, acepta la teoría
científica de la percepción, la cual afirma que el proceso de tal percepción
termina con cierta actividad en cierta zona del cerebro. Sin embargo, ¿cómo
podría ser que el escritorio, que por hipótesis es físico-material, fuese interior
a un alma? Aquí yace, naturalmente, el absurdo, porque, por definición, el
dualismo distingue entre dos sustancias, el espíritu y la materia, que son
esencialmente distintas. Luego, para el dualista, la materia no puede estar en
el espíritu. Pero quizá todavía se pudiera considerar que el espíritu está hecho, en última instancia, de materia
(por lo cual remotamente podría contener al escritorio), pero esto ya no sería
dualismo, sino monismo, y presumiblemente un monismo materialista. Luego,
incluso para el dualista, el escritorio está fuera de él bajo la hipótesis
científica, ya que no está en su cuerpo (dada la doctrina científica de la
percepción), y dado que no está en su alma (dada la noción misma del dualismo).
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