viernes, 1 de febrero de 2013

m.1.2. Percepciones en el objeto


Ante todo debemos decidir si aceptamos o no la ciencia, en particular la teoría de la percepción y la física de partículas, esta última como determinante de lo que hay —si es que hay algo— en el mundo exterior. Supongamos primero que no aceptamos la ciencia, que asumimos una especie de epojé científica. En este caso, nos introducimos en el llamado “realismo ingenuo”, según el cual las cosas son —simplificando al máximo— como las percibimos. Pero aquí ya obtenemos, por primera vez, que el mundo exterior existe. Pues en efecto: los objetos se nos aparecen como estando fuera de nosotros; un objeto así, para el realista ingenuo, no es fenoménico, sino la cosa misma, y, por supuesto, existe. Como diría Husserl (aunque en un contexto diferente), el objeto se nos aparece “en carne y hueso”; podemos tocarlo, por ejemplo, y comprobar que está fuera de nosotros. Nos produce el tipo de sensaciones que calificaríamos de (normalmente) “exteriores”. Es convencional que llamemos “exterior” a una sensación dada, como la que tenemos al tocar una piedra, pero no es convencional que la sensación que calificamos de “exterior” sea realmente exterior en nuestro campo perceptivo.
Intentemos esbozar algo de la filosofía que parece estar implícita en este realismo ingenuo. Para tal punto de vista, la percepción no tiene por qué ser algo que está en nosotros. De hecho, en el caso de un objeto exterior, el caso es que la percepción está justamente fuera de nosotros. El objeto aparece con ciertas propiedades cualitativas y una estructura interna; por ejemplo, aparece con ciertos colores (las propiedades cualitativas) dispuestos de cierta manera (la estructura interna). Las propiedades cualitativas son, efectivamente, propiedades internas del objeto; no sólo porque las veamos dentro del objeto, sino porque realmente están en el objeto. Porque si no acepto la ciencia (o en general ninguna metafísica que ofrezca razones ulteriores para lo sensible), no tengo ninguna razón para suponer que el rojo que veo en ese objeto esté en mí en lugar de estar en el objeto. Un pensamiento semejante sólo surge con el devenir de la cultura, pero precisamente estamos prescindiendo de esto.
En mi percepción del objeto, considerada en toda su amplitud, figuran: el objeto, un entorno del mismo (del cual no me consideraré parte) y algo de mí mismo. Porque podemos suponer que en cada percepción entera de un objeto se perciban las tres cosas: percibo el objeto, ante todo, pero también su entorno inmediato y una parte de mi persona. Del objeto percibo las propiedades y estructura internas, pero lo mismo ocurre con el ambiente y con lo que veo de mi persona. Ahora bien, por supuesto que nada de lo que percibo de mí mismo esté fuera de mí, pero, para el realismo ingenuo, es igual de evidente que ninguna de las propiedades y estructura internas del objeto están fuera del objeto; están en el objeto, de la misma manera que las propiedades del entorno están en el entorno. Luego, resulta ser que una parte de mi percepción, justamente la que es percepción del objeto, está en el objeto. Esto nos lleva a una forma de entender la percepción que puede sonar extravagante para nuestra mente moderna, porque estamos habituados a pensar que las percepciones están en nuestra cabeza, pero tal extravagancia no tendría lugar en el caso de una verdadera epojé, o en el caso imaginario de que alguien desconociera por completo la ciencia y la filosofía —cosa que por cierto no es tan imaginaria en algunos casos.

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