Ante
todo debemos decidir si aceptamos o no la ciencia, en particular la teoría de
la percepción y la física de partículas, esta última como determinante de lo
que hay —si es que hay algo— en el mundo exterior. Supongamos primero que no
aceptamos la ciencia, que asumimos una especie de epojé científica. En este
caso, nos introducimos en el llamado “realismo ingenuo”, según el cual las
cosas son —simplificando al máximo— como las percibimos. Pero aquí ya
obtenemos, por primera vez, que el mundo exterior existe. Pues en efecto: los
objetos se nos aparecen como estando fuera
de nosotros; un objeto así, para el realista ingenuo, no es fenoménico, sino la cosa misma, y, por supuesto, existe. Como
diría Husserl (aunque en un contexto diferente), el objeto se nos aparece “en
carne y hueso”; podemos tocarlo, por ejemplo, y comprobar que está fuera de
nosotros. Nos produce el tipo de sensaciones que calificaríamos de (normalmente)
“exteriores”. Es convencional que llamemos “exterior” a una sensación dada,
como la que tenemos al tocar una piedra, pero no es convencional que la
sensación que calificamos de “exterior” sea realmente exterior en nuestro campo
perceptivo.
Intentemos
esbozar algo de la filosofía que parece estar implícita en este realismo
ingenuo. Para tal punto de vista, la percepción no tiene por qué ser algo que
está en nosotros. De hecho, en el caso de un objeto exterior, el caso es que la
percepción está justamente fuera de
nosotros. El objeto aparece con ciertas propiedades cualitativas y una
estructura interna; por ejemplo, aparece con ciertos colores (las propiedades
cualitativas) dispuestos de cierta manera (la estructura interna). Las
propiedades cualitativas son, efectivamente, propiedades internas del objeto; no sólo porque las veamos
dentro del objeto, sino porque realmente
están en el objeto. Porque
si no acepto la ciencia (o en general ninguna metafísica que ofrezca
razones ulteriores para lo sensible), no tengo ninguna razón para suponer que el
rojo que veo en ese objeto esté en mí en lugar de estar en el objeto.
Un pensamiento semejante sólo surge con el devenir de la cultura, pero
precisamente estamos prescindiendo de esto.
En
mi percepción del objeto, considerada en toda su amplitud, figuran: el objeto,
un entorno del mismo (del cual no me consideraré parte) y algo de mí mismo. Porque
podemos suponer que en cada percepción entera
de un objeto se perciban las tres cosas: percibo el objeto, ante todo, pero también
su entorno inmediato y una parte de mi persona. Del objeto percibo las
propiedades y estructura internas, pero lo mismo ocurre con el ambiente y con
lo que veo de mi persona. Ahora bien, por supuesto que nada de lo que percibo
de mí mismo esté fuera de mí, pero, para el realismo ingenuo, es igual de
evidente que ninguna de las propiedades y estructura internas del objeto están
fuera del objeto; están en el objeto, de la misma manera que las propiedades
del entorno están en el entorno. Luego, resulta ser que una parte de mi
percepción, justamente la que es percepción del objeto, está en el objeto. Esto
nos lleva a una forma de entender la percepción que puede sonar extravagante
para nuestra mente moderna, porque estamos habituados a pensar que las percepciones
están en nuestra cabeza, pero tal extravagancia no tendría lugar en el caso de
una verdadera epojé, o en el caso imaginario de que alguien desconociera por
completo la ciencia y la filosofía —cosa que por cierto no es tan imaginaria en
algunos casos.
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