En
el marco de este punto de vista ingenuo, como en otras filosofías (explícitas)
más sofisticadas, la percepción es lo dado indubitable. Ahora bien, de las
percepciones individuales, que están en el objeto, se pasa al objeto mismo, que
debe considerarse, según mi análisis, como la colección de todas las
percepciones posibles del mismo, actuales o potenciales. Digamos que en el
momento presente (dejaremos las
cuestiones temporales para capítulos posteriores) existe una “metafísica folk encarnada” en el sujeto, que
completa el conocimiento de la realidad de toda la infinidad de percepciones no
actuales. Hablamos aquí, para ser más exactos, de la “percepción restringida”,
que es, sencillamente, una parte de la “percepción entera”: la parte que
corresponde exactamente al objeto, por ejemplo, dada por sus cualidades y una
estructura interna. Y puesto que la percepción restringida al objeto está en
éste como exterior, el objeto, completado cognitivamente por esa metafísica
inmersa en una “psicología natural” —y completado objetivamente por la realidad
misma de esas percepciones restringidas—, también está en el exterior, y existe
porque las percepciones existen, sea actual o potencialmente.
Asemejemos
por un momento, en relación a la percepción visual, la perspectiva real asociada
a nuestras apariencias del objeto con la llamada “perspectiva cónica”. En base
a ésta, se podría decir que cada apariencia (percepción restringida del objeto)
es el resultado de proyectar al “objeto en sí” sobre el “plano de la visión” en
base a un punto de vista que está en nosotros. Pero, para el realista ingenuo,
en el marco de nuestra epojé, el verdadero objeto no es trascendente en el
sentido de que estuviera detrás de las percepciones, dado que, según lo dicho,
cada percepción restringida es una parte del objeto como conjunto. Porque, en
realidad, aquí ocurre una suerte de inversión del cálculo geométrico: el
realista ingenuo, a diferencia del geómetra, no obtiene la apariencia a partir
del objeto, el punto de vista, y las reglas de proyección, sino que, por así
decirlo, obtiene el objeto —e incluso el punto de vista, podría argumentarse— a
partir de la apariencia y las reglas de la proyección. Pero para el realista
ingenuo, enteramente “primitivo” u “originario”, el “objeto en sí” y el “punto
de vista” (el yo) que así obtiene no
son entes trascendentes o trascendentales, según el caso, como lo serían para
un metafísico “sofisticado” o especulativo, sino que para él, estoy dispuesto a
argumentar, cosas tales como el objeto (más allá de la percepción) y el yo (más
allá de la auto-percepción “sensible”) son meros recursos pragmáticos, incluso
lingüísticos.
Así
como el objeto, para el realista ingenuo, es la suma de sus apariencias posibles,
el yo es la correspondiente suma de
apariencias. Considerados de este modo, estos elementos corresponderían a lo
que desde filosofías más sofisticadas podrían denominarse el objeto y el yo sensibles, por oposición a elementos
trascendentes o trascendentales. Sin embargo, estos elementos “sensibles” son,
antes de toda teorización, todo lo que hay.
En
el segundo capítulo de esta obra se expondrá un desarrollo evolutivo de las
ideas que aquí se han sintetizado tan someramente.
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