Terminada
esta digresión en torno a nuestro cuerpo, retomemos lo que decíamos. Lo
necesario para que el problema del mundo exterior siquiera se plantee, es la
cuestión de si hay o no algo exterior al yo que sea “causa” —o, en un sentido
más amplio o abstracto, “razón”— de la percepción de una cosa. Si esa causa no
existe, entonces el mundo exterior existe, porque es la cosa percibida, sin
mediaciones, la aparición del objeto ante nosotros como algo exterior. Pero si
la causa de la “percepción externa” (i.e., que vemos como externa) existe,
entonces el mundo exterior existe, porque es esa causa que acabamos de suponer
en el condicional. Ahora bien, cuando más arriba supusimos que la causa
existía, la identificamos con el objeto físico exterior, pero esto, como ya señalamos,
no es imprescindible. En principio existen muchas metafísicas posibles en las
que las “causas” de nuestras afecciones perceptivas no sean objetos físicos.
Podrían ser fantasmas, demonios, objetos abstractos, etcétera. No examinaremos
estas alternativas directamente, pero sí de un modo indirecto. Sin embargo, antes
de hacerlo digamos que el argumento será siempre el mismo: si no hay “causa” de
la percepción, el mundo exterior existe porque el objeto está allí mismo, “en
carne y hueso”, fuera de nosotros, como conjunto de percepciones restringidas, mientras
que si la causa existe, entonces el mundo exterior existe por hipótesis, dado
que es esa misma “causa”. Montados sobre esta férrea vía, consideremos una
nueva alternativa para esa “causa” o “razón” de la percepción. Lo que haremos
será iterar el argumento en aras de una metafísica presumiblemente más sutil. Así
procede la iteración:
Un
escéptico podría aceptar la teoría científica de la percepción y, sin embargo,
pretender que todavía hay lugar para dudar de la existencia del mundo externo.
Podría sostener que si bien las partículas elementales que constituyen su
escritorio son responsables de la percepción que él tiene de su escritorio,
ello no implica que lo sean en forma última y fundamental. Podrá aceptar que
las partículas elementales existen, pero declarar que no está seguro de que
exista esta otra razón última de la percepción. Una filosofía de tipo kantiano,
o cualquier otra que considere que ciertos conceptos científicos rigen ante
todo lo fenoménico, podría sostener algo así. Según esta perspectiva, la
verdadera razón de nuestras percepciones externas no es descriptible, o por lo
menos no totalmente, en términos científicos: las partículas elementales, tal
como las concibe la ciencia, serían mediaciones conceptuales o, a lo sumo, una
mera “parte” o “aspecto” (volveré sobre esta noción de “parte” al final de este
capítulo) de la verdadera razón por la que tenemos percepciones “exteriores”. Sin
embargo, nos preguntaría el escéptico, ¿cómo estar seguro de que esa razón
final existe realmente? Esta es, a grandes rasgos, la objeción escéptica
ulterior. Como se verá, no hay una gran diferencia entre esta perspectiva y la
que, ya un paso antes, directamente negara el papel de la ciencia y sostuviera que
la razón última de la percepción (en particular, lo que es realmente mi “escritorio
en sí”) no tiene nada que ver con cosas descriptibles en términos de la física:
la única diferencia estribaría en que desde esta última perspectiva se pasaría
a una razón no científica más directamente. Es por esto por lo que no consideramos
esta perspectiva en forma separada: porque de todas formas consideraremos lo
esencial de ella en último término. Además, la consideración de una razón de la
percepción que, a esta altura de los tiempos, no tenga en cuenta en absoluto lo
que la ciencia tiene que decir sobre la percepción, no merece, a mi criterio, un
tratamiento especial.
Ahora
bien, esbozada ya esta objeción, pasemos a responderla mediante nuestro
argumento básico. Notemos una vez más que un pensamiento de este tipo no dice
nada en contra de la existencia de un mundo externo, sea éste el que fuere o
como fuere. La réplica es como sigue:
O
la constitución física de mi escritorio (las partículas elementales que lo
componen) es la verdadera razón (causa, en este caso) de mis percepciones
exteriores, o no lo es. Si no lo es, consideramos el caso de que las
correspondientes nociones científicas sean mediaciones (o a lo sumo “parte”) de
las razones últimas de las percepciones exteriores. Esto significa que primero
está la razón última —para describir una parte de la cual podrían o no utilizarse
nociones científicas—, luego están las mediaciones científicas —en el caso de
que la razón última nada tenga que ver con nociones físicas, como en la
filosofía de Schopenhauer—, y por último figuran las percepciones externas, como
“consecuencia” o “efecto final” de la razón última. Esta razón fundamental
sería, pongamos por caso, mi “escritorio en sí”. Ahora bien, ante esto
reaccionamos como antes: si las partículas elementales son la verdadera causa
de mis percepciones, entonces el mundo exterior existe, pues es, en parte, la
colección de partículas elementales que constituyen mi escritorio. Pero si, en
cambio, las partículas (tal como las entiende la ciencia) no son la verdadera
causa, sino que tienen a su vez una razón ulterior (que las torna mediaciones
conceptuales o, a lo sumo, parte de la noción de la razón última), entonces el mundo
exterior también existe, por hipótesis, porque se lo acaba de suponer: el mundo
exterior es, en este caso, esa misma razón última, sea ella la que fuere.
Concluimos,
entonces, que sea cual fuere el concepto que tengamos del mundo exterior, ese mundo
existe. Si nuestro concepto de él es aquello se nos aparece
fenomenológicamente, esto será el mundo exterior; si es el universo de las partículas
elementales, éste será el mundo exterior; y si es una razón metafísica última,
ésta constituirá el mundo exterior. El mundo exterior a mí (y a ti) existe en
cualquier caso. Quod erat demonstrandum.
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