Resta
ver por qué esta percepción del objeto, digamos, es mía. En un primer momento
pensé que ello se debía a que la perspectiva de la percepción era en relación a
mí, o sea, a que el punto de vista de la apariencia estaba en mí, siendo su
“plano del cuadro” una parte de mi percepto visual. Pero ya he dicho que el
punto de vista, algo que se le asemeje en nuestra realidad interna, es de
difícil identificación, además de que un empirismo radical lo negaría. Desde ya
que he jugado siempre con la idea de una especie de vórtice o sumidero de la
experiencia, una suerte de singularidad en la que colapsaba nuestra realidad
sensible, al interior de nuestras personas. Pero quiero dejar de lado, a esta
altura, ese hipotético límite de nuestra sensibilidad interna, que, de existir,
jugaría realmente el papel de un punto matemático, análogo al punto de vista de
la perspectiva cónica. Porque por lo pronto se podrá decir, cuando menos, que
el punto de vista de nuestra percepción ha de estar en la parte de ésta que se
refiere a nosotros mismos. Así, mi punto de vista está en lo que percibo de mí
siempre que percibo algo, estando esto en el complemento de la percepción.
Además, ese punto de vista no debería ser solamente, como ya hemos insinuado
muchas veces, meramente espacial, sino también temporal; y no debería, desde
ya, restringirse a la visión, sino a todos los sentidos y, por así llamarlos,
sub-sentidos. Se abogaría, así, por una noción de perspectiva multi-sensorial,
cuyo punto de vista, o al menos su borde inmediato, se extienda por el conjunto
de nuestras percepciones de nosotros mismos. Raro sería el concepto de la
“perspectiva táctil”, por ejemplo; acaso sería discontinuo, pero no creo que
fuese de concepción imposible.
Si
toda la percepción de nuestro yo, también presente en cada percepción entera,
es o no un borde de una singularidad integrada para la multi-sensibilidad, es
una cuestión que no pretendo elucidar ahora. Pero, en cualquier caso, debería
ser el caso que, de existir tal punto de vista integrado, debería existir o
bien en la percepción restringida de mí mismo, o bien en su punto de colapso
idealizado. Con todo, esto se presentaría a objeciones. Podría ser difícil
encontrar algo que sea mi punto de vista visual, por ejemplo, puesto que, por
así decirlo, no percibo visualmente mis ojos. Pero una objeción aún mayor, en
el marco de nuestra epojé, consiste en alegar la mera ficcionalidad práctica a
la que nos hemos referido antes, señalándola en esa ocasión para el caso del “objeto
en sí” desde el realismo ingenuo, pero ahora extrapolable al punto de vista
mismo, en vista de haber dicho que para nuestra realidad empírica más
rudimentaria sólo es dada la apariencia, mientras que el objeto en sí y el
punto de vista podían concebirse, figuradamente, como su rompimiento y
estallido en direcciones opuestas. Mi percepción visual, por ejemplo, es lo que
está en lugar del “plano del cuadro” de la perspectiva, o sea, es el conjunto
de todas las apariencias visuales simultáneas, y meramente eso es lo dado,
mientras que mi punto de vista visual y el objeto en sí de la percepción consistirían,
digamos, en esquirlas lanzadas en direcciones contrarias, tras una especie de
desdoblamiento, no libre de cierta “violencia” teórica.
En
vista de lo anterior, podríamos sugerir que el punto de vista integrado y único
de nuestro ser fuera algo también abstraído del conjunto de todas nuestras
percepciones enteras. Porque de la misma forma que el objeto en sí sería una
abstracción proveniente del conjunto de todas nuestras apariencias del objeto,
nuestro punto de vista —nuestro “yo”— podría ser una abstracción obtenida de
todas nuestras percepciones de nosotros mismos, tanto de nuestros cuerpos como
de nuestros procesos internos. (Recordemos que tanto nuestra percepción del
objeto como nuestra percepción de nosotros mismos son, en realidad,
percepciones restringidas, esto es, parte de nuestras percepciones completas,
siendo éstas las verdaderamente dadas.) Pero el caso es que, para el realismo
ingenuo —es decir, en el presente contexto, para la filosofía que se pretende
ver en su base—, estas abstracciones serían meras ficciones, no realidades, y
su razón de ser sería puramente práctica, o sea, para el desarrollo de nuestra
vida ordinaria. Pero está claro también que una explicitación teórica como la
que tratamos de esbozar, no tendría por qué restringirse al ámbito de las
filosofías “ingenuas”, pudiendo también calificársela, verbigracia, como de
tipo empirista o positivista.
Por
último, en relación a la pregunta en torno a por qué mi percepción (entera) es
mía —pese a estar mi percepción restringida del objeto en el objeto—, se
comprenderá fácilmente que la respuesta más inmediata habrá de ser: porque en
cada una de mis percepciones completas, aparece la percepción restringida de
algo de mí mismo, de algo de mi cuerpo, por ejemplo. Mi cuerpo, digamos, es el
sistema de referencia absoluto de todas mis percepciones (el origen de sus ejes
estaría en el hipotético punto de vista integrado), y al formar parte de todas
mis percepciones enteras, las haría a todas ellas precisamente mías. Tanto en
mis percepciones como en las del lector podrían estar percepciones restringidas
de un mismo objeto externo, las cuales estarían en éste, pero mis percepciones
serían mías porque en ellas estaría la percepción de algo de mí, como mi
cuerpo, y en las percepciones del lector estarían las percepciones de algo
suyo, como su cuerpo, por lo cual serían suyas. De todas maneras, en vista de
nuestro análisis, podría cuestionarse que mi percepción entera fuera
exactamente mía, ya que una parte suya estará en el objeto, con lo que podría
verme obligado a admitir que mi
percepción es, solamente, la parte de la percepción entera en la que participo,
a saber, la percepción restringida de algo de mí mismo. Mi percepción, así,
como una parte de la percepción en la que participo. Y en mi percepción, sea como
construcción teórico-práctica o como límite real de la suma de mis percepciones
restringidas de mí mismo, estaría mi punto de vista integrado, en cuya
naturaleza no ingresaremos ahora.
Pero
valdría la pena insistir en que, para el realismo ingenuo, mi ser sería el
conjunto de todas las percepciones restringidas de mí mismo, pues eso es lo
dado, mientras que el punto de vista integrado sería una abstracción con fines
cotidianos. Pero todo esto, que en el marco de una epojé científico-filosófica
podría estar en la base de un realismo ingenuo, también podría, mutatis mutandis, estar en la base de
una metafísica explícita diferente, en la que las respectivas abstracciones del
objeto en sí y del yo ya no tengan la motivación de, digamos, hacer posible el
lenguaje cotidiano y ordinario, dado que podrían ser, o ser sustituidas por,
realidades trascendentes o trascendentales según el caso, sea de tipo físico,
espiritual, platónico o, aun, de algún otro género de ser metafísicamente
postulado.